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NOCHE EN LA CIUDAD

 

NOCHE EN LA CIUDAD
 
Luis Razeto M.
 
Los focos de neón y las chispeantes luminarias
que proclaman una era de felicidad envasada
entrando por la boca a la carne atrabiliaria
o por las nalgas apretadas por eléctricas descargas
y seguro por la piel encremada y reluciente
(que importa que se esconda allí el cáncer insidioso
que espera inevitable a los pobres sufrientes
que a pensar se resisten en el final ruinoso),
se alzan victoriosos contra la noche compasiva
y se envanecen de ser más famosos e insignes
que las pocas estrellas mortecinas
que quedan en el cielo sin que nadie las mire.
 
Hasta la luna rueda solitaria e inútil
su triste recorrido de hoteles y apartamentos
donde se van a guardar después de un día fútil
en abigarradas y cosméticas cajas de cemento
los cuerpos de los hombres que han perdido el alma,
y desde donde -a pesar de todo generosa y persistente-
la noche los invita al descanso que salva
y que hastiados rechazan con voz estridente.
 
Bandidos solitarios o en grupo vil acechan
medrosos transeuntes que han ya terminado
en los prostíbulos su heroica tarea
quedando sin embargo ansiosos y exitados,
prontos siempre a continuar la borrachera
de ruido drogas humo luces y motores
para no recordar que son espíritu y madera.
 
El aire mortal y mortecino aprieta los pulmones
de unos seres lamentables que circulan
cabizbajos buscando donde volver a llenar
sus estómagos ya repletos de basura.
 
Uno que en la acera duerme tendido
a las moscas nocturnas piadoso alimenta
con la blanca espuma que fluye como un río
de su boca fofa y entreabierta;
a su lado solitarios y o en parejas pasan
y lo miran de reojo con desprecio como a un perro.
 
Una pobre mujer aterida de frío
muestra sus piernas desnudas lamentables
que merecen la elocuente admiración y el brío
de bocinas sordas de automóviles nada amables
guiados (es sólo un decir del hablante)
por oscuras sombras de triste pasar.
 
Y los otros, aquellos que el trabajo agobiante
y el dinero escaso han obligado a postergar
fiesta tan maravillosa para otra ocasión,
ésos se encierran tras placeres aún más fútiles
mirando en fascinantes escenarios de ilusión
el pasar de otras vidas inútiles,
las torcidas desventuras de mafias y pandillas
o violentos arrebatos de lujuria y envidia
que anteceden estériles insomnios y viles pesadillas,
hasta que al fin rendidos caen de desidia.