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NOCHE EN EL CAMPO

 

NOCHE EN EL CAMPO
 
Luis Razeto M.
 
El día consumió todas sus fuerzas
y la vida reposa en el silencio.
Las torcazas se han cobijado en las ramas
más densas de los quillayes
y las codornices se escondieron
al fondo de las quebradas.
 
El sol ya se fue a dormir
enviando un postrer resplandor de despedida
a la cumbre de la montaña blanca
-amante fiel que lo espera
despierta en la madrugada
y que es la sola que vela el tardío
fulgor de los arreboles-;
pero ella también
finalmente vencida por la noche
su cabeza protegida por un gorro de nubes
ha entrado en el sueño misterioso y profundo
en que se encuentra noche tras noche
con los primigenios habitantes de cobre
que aún le elevan plegarias y alabanzas:
acacias espinos laureles y furias
que se yerguen desde sus tumbas inmemoriales.
 
El campo está ahora vigilado
callada y dulcemente por la luna.
Los hombres y mujeres de la tierra
recitaron ya sus oraciones
y han sido relevados en su oficio sagrado
por las estrellas del firmamento.
 
El planeta está cubierto por un manto de paz
que el trabajo y el día merecieron;
todo ser viviente y amante ahora duerme
y renueva sus fuerzas para amar y vivir
apenas se anuncie el sol adveniente.