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"NO ES ASÍ NO MÁS" (Relato testimonial)

        Se llega a Tarapacá, a cien kilómetros de la ciudad de Iquique, cruzando el extenso territorio desértico y abandonado de la Pampa del Tamarugal. Esta zona no es sino la continuación hacia el norte del desierto de Atacama, uno de los más grandes y el más árido del mundo, en el que no se observa un asomo de hierba y donde no vive siquiera un insecto. Solo tierra y arena, minerales escondidos bajo tierra, piedras y silencio, en un paisaje lunar que nos recuerda que estamos aún sobre nuestro planeta solamente cuando el camino pasa al costado de alguno de los antiguos enclaves salitreros habitados ahora solamente por los fantasmas, o cuando cruzamos uno de los pocos oasis que parecen haber sido puestos allí con la sola intención de consentir a los humanos asomarnos a los misterios del silencio.

       Tarapacá es un antiguo pueblo aislado, ruinoso, donde sobreviven apenas 36 familias campesinas. Solamente la vieja Iglesia reconstruida, la plaza donde se hiergue un monumento belicoso que recuerda una guerra fratricida del pasado, la escuela en cuyo patio grande juegan unos pocos niños, y las ruinas de antiguos edificios de adobe, nos recuerdan que en el pasado Tarapacá fue una pequeña ciudad capital de provincia construida al lado de un río, donde ahora solamente las aguas que pasan subterráneas permiten alguna vegetación primitiva.

      Circundada por montañas y cerros de piedra y arena, los restos dispersos de antiguos geoglifos y petroglifos, los trozos de rudimentarias cerámicas y telas que se mezclan a ras del suelo con huesos de animales y hombres, nos hablan de la milenaria cultura de los pueblos indígenas que habitaban una zona que otrora tal vez supo ser generosa. Estas tierras, cultivadas durante siglos por los pueblos indígenas que conocían los secretos para convocar a las lluvias y criar la vida en la precordillera, fueron llevadas a completa esterilidad por la acción combinada de la industria salitrera, los mercados capitalistas y la artificial división del territorio en estados nacionales, que desarticularon la cultura y tecnología de los pueblos aymaras que la sustentaban

      Hasta allí llegamos, convocados por la Casa Fco. Titu Yupanqui, Fundación que trabaja para la emancipación de los pueblos indígenas andinos y el renacimiento de su cultura, sus valores y sus formas de vida y trabajo. En representación de comunidades aymaras y de otras etnias andinas de Perú, Bolivia, Ecuador y Chile, los participantes en el encuentro, aunque no se hubieran encontrado personalmente con anterioridad, se reconocieron inmediatamente en la comunión de su idioma, su cultura, sus temores y sus esperanzas. Los tres "occidentales" que asistimos al encuentro fuimos acogidos con la misma amistad y hermandas que tenían entre ellos.

      La fecha del encuentro, escogida no por simples motivos de conveniencia práctica, sino por más profundas razones que se explican en el contexto de una cultura en que los hechos importantes "no son así no más",correspondía a aquella en que los aymaras celebran el inicio del ciclo anual de los cultivos, equivalente a nuestro occidental "año nuevo". Más de alguno de los que provienen de lugares lejanos manifiesta su pesar por no poder compartir este año en sus comunidades, el proceso de observación e interpretación de los abundantes signos con que la flora, la fauna y los cielos les permiten leer el futuro desenvolvimiento de las lluvias, las temperaturas y las condiciones que serán más o menos aptas para unos u otros cultivos y crianzas.

      De todos modos, la fecha del encuentro crea entre todos un ambiente festivo especial, e implica celebraciones rituales que deben ser cumplidas y que en consecuencia, apenas llegados al lugar, comienzan a organizar.

      Para esa tarde se prepara la celebración de la "dulce mesa" con la cual se efectuará el "pago a la tierra", ritual con el que se agradece y compensa al Creador y a la Pachamama sus dones y se propicia al mismo tiempo su futura generosidad. Porque el trabajo y los cultivos "no son así no más".

      La preparación y celebración de los ritos es presidida por un Yatiri, esto es, un maestro y celebrante que posee el conocimiento de los antiguos secretos y la sabiduría de las antiguas tradiciones. Cuando, más tarde, le pregunto cómo se llega a ser un Yatiri o cómo es escogido por la comunidad, me explica que cualquiera puede llegar a serlo, que todos tienen la posibilidad en la medida que reciban y aprendan de los abuelos y de los Yatiris más ancianos de la comunidad el conocimiento necesario. Sin embargo agrega: "pero no es así no más, pues llegar a ser Yatiri es también cosa de los rayos y relámpagos". De hecho, el oficiante será acompañado en la celebración por un ayudante que conoce bien los rituales y que nos irá dando las explicaciones del significado de los distintos momentos del rito, pero que expresamente señala que él no tiene la vocación de Maestro.

      La celebración comienza aproxidamente a las seis de la tarde, en un ambiente de notable recogimiento. Nos ponemos en círculo, presididos por una mesa donde el celebrante, como un sacerdote sencillo pero de extraordinaria dignidad, vestido con un poncho coloreado, ha puesto dos grandes bandejas vacías, alrededor de las cuáles han sido colocados montoncitos de hojas de coca, de nueces, de higos, de trozos de grasa de llamas (el animal sagrado de la cordillera), de azúcar, de dulces y caramelos de variados colores, de flores blancas, de cigarrillos, y de tantos otros pequeños elementos del campo. Junto a las fuentes, dos grandes conchas han sido, llenadas, una con vino tinto y la otra con agua mezclada con diversos polvos que desconozco.

     La celebración comienza con un rito de purificación, necesario porque pagar a la tierra tampoco es así no más. El maestro coge un pequeño bracero donde arde el carbón, y al echarle generosamente polvo de incienso se genera un abundante humo perfumado que se expande por el lugar. Mientras lo mueve en círculos siempre por la derecha hacia la izquierda, pronuncia calladamente palabras sagradas en su idioma. Después sopla suavemente varias veces el humo, que se difunde y así purifica la mesa y todo lo que contiene, el ambiente y las personas que allí estamos, de manera de purificarlo todo y a todos a fin de que la ofrenda sea bien recibida por la Gloria y la Pachamama.

     Terminada la purificación, comienzan a ser convocados los espíritus de las montañas. Para ello el Yatiri pronuncia los nombres de los cerros y montes vecinos, y nos invita a nombrar en voz alta alguna montaña del lugar de donde provenimos. Se hacen así presentes en la ceremonia los Achachila, personificaciones de los cerros que vienen a acompañarnos a cada uno en el ritual.

     Todo está, pues, preparado para el rito sagrado. El oficiante hace circular entre los presentes una pequeña bolsa con hojas sagradas de Coca, que comenzamos a masticar en silencio.

     El Yatiri comienza a escoger, con zigzagueantes movimientos de la mano, algunos de los dulces y elementos que están sobre la mesa, repartiéndolos sobre la primera de las bandejas quizá con cual misterioso ordenamiento. Comienza así la preparación de la primera de las ofrendas, aquella que será dirigida a la Gloria, es decir, al Creador y al mundo de los espíritus de lo alto.

     Después, uno a uno los presentes somos invitados a acercarnos a la mesa, y el maestro nos da en la mano dos de las cosas que parece tomar al azar de los montoncitos que preparó anteriormente. A mí me entrega una nuez y un pedazo de grasa de llama, que después supe que fue ello un signo de especial atención y honor, pues la grasa de llama es sagrada y la nuez es un medio para leer el destino de la persona. Con los objetos recibidos en la mano volvemos a nuestros puestos. El Yatiri enuncia oraciones en su lengua. Después, nos invita uno tras otro a ir pasando ante la mesa, comenzando por los que recibimos una nuez. Me indica que parta la nuez y que se la muestre. El lee algo en ella, con gran concentración. Después, vamos dejando los trozos en la bandeja. Al hacerlo, cada uno puede expresar un deseo o petición, en silencio. Se me ocurre desear una fuerte lluvia para Santiago y la zona central, en este invierno casi seco que está por terminar. Es un deseo y una petición que expreso con fuerza, pues el contacto con el desierto me ha recordado que éste se está extendiendo rápidamente hacia el sur.

     Deposito, pues, la nuez partida y la grasa de llama, y el maestro vierte sobre ellos unas gotas del vino y del agua preparados en las conchas. Más tarde me explicará que lo hizo para vencer ciertos aspectos que leyó en mi nuez, la cual indicaba un destino bueno y positivo pero no exento de problemas y dificultades.

     Una vez que concluimos todos de dejar las ofrendas en la bandeja, otra vez somos invitados a ir pasando a la mesa, pero esta vez para escoger cada uno seis 'hojas de Coca sanas y enteras, ordenándolas una sobre otra con el lado más oscuro hacia arriba. Nuevamente fuimos pasando adelante, para dejarlas como ofrenda en la bandeja, pudiendo expresar ahora tres deseos o peticiones, lo que todos hicimos con gran recogimiento.

     Terminado esto, el que quiso fue a recoger tres hojas de la hoja sagrada para regalárselas a cualquiera de los presentes como signo de amistad y afecto. Después, cada - cual podía tomar para si la coca que quisiera masticar, o un cigarrillo.

     En ese momento el ambiente se distendió. Se podía hablar, contarse cosas, historias antiguas o recientes relativas a sus comunidades, o lo que se quisiera compartir. Uno tomó la iniciativa de ofrecer vino mezclado con hojas de Coca, desde un jarro con que iba llenando un pequeño vaso de plata que ofreció hasta que todos bebimos. Me di cuenta que cada uno, antes de beber, vertía unas gotas en la tierra. Me explicaron que así le ofrecían a la Pachamama, porque beber tampoco era así no más.

     Mientras se creaba entre todos este ambiente distendido, el Yatiri en cambio continuaba concentrado en el ritual, haciendo oraciones, soplando sobre los elementos dispersos en la bandeja ahora llena, y versando sobre ella el vino y agua de las conchas.

     Después nos convoca nuevamente a pasar en orden ante la mesa, donde distribuye las flores blancas que luego vamos colocando en la bandeja dejándolas caer en círculos. El Maestro entonces se concentra y lee en la disposición de las flores el destino colectivo de la comunidad de que formamos parte, esto es, de la organización que nos ha convocado.

     Asi termina la primera parte del ritual, la preparación de la ofrenda a la Gloria.

     El ritual de preparación de la ofrenda a la Pachamama, en la segunda bandeja, se repite igual que el primero, con ligeras variantes respecto a los elementos que son colocados en ella. El transcurrir de las horas no parece importar a los presentes, pero puedo notar hacia el final un cierto apuro en el Yatiri, que después me explico pues todo debía estar listo para ser ofrecido exactamente a medía noche.

     Terminada esta segunda parte, somos todos invitados a darnos el "sea en buena hora". Moviéndonos en círculo siempre de derecha a izquierda, nos vamos dando un abrazo diciendo "sea para ti en buena hora, hermano", y después se repite la vuelta porque los dones deben ser siempre recíprocos. Se da y se recibe, esta es la concepción de los aymaras. No se puede dar sin recibir, no se puede recibir sin dar. Dar o recibir, no es así no más.

     Terminado esto, el Yatiri y su ayudante levantan las dos bandejas y, seguidos por todos en procesión, las llevamos al lugar donde se hará la ofrenda. Allí, sobre la leña que ha sido dispuesta para hacer una fogata, son colocadas con gran recogimiento las bandejas de las ofrendas.

     Nuevamente se efectúa el ceremonial de la purificación con inciencio, y se "challa" la pira con vino y agua mezclados con Coca. Se ponen aún sobre la ofrenda abundantes hojas de la planta sagrada, el maestro recita sus oraciones, mira al cielo y ora, mira a la tierra y ora. Somos todos invitados a repetir los deseos y peticiones expresados anteriormente, que esta vez muchos hacen en voz alta.

     Son deseos sencillos, relacionados con la vida cotidiana. Gran parte de ellos se refieren a las lluvias y a la tierra. Pero también se pide por las familias, por las comunidades, por el cumplimiento de los objetivos de la organización andina.

     Se enciende el fuego, que se alza bellísimo en la noche estrellada. Es la ofrenda que, al consumirse, es llevada hacia la Gloria y la Pachamama.

     Vamos pasando uno tras otro al lugar desde donde el Maestro preside el ritual, y también nosotros "challamos" el fuego. Después, el Yatiri nos invita a recibir la energía de la vida y las bendiciones de la Pachamama a través del fuego. Energía y bendiciones son recogidas a voluntad en cualquier prenda de vestir que vamos pasando al Yatiri: un sombrero, una camisa, una chaqueta, un zapato, un poncho.

     Es medianoche, como debía ser. Han pasado cuatro horas. Todo se ha desarrollado lenta y cuidadosamente, con gran devoción, pero también con evidente alegría que ha ido creciendo, tal vez también un poco por efecto de las hojas sagradas.

    El fuego se apaga lentamente. La ofrenda ha terminado. El Yatiri nos dice contento que el don ha sido bien recibido. Hay una distención, un respiro general. (Parece ser que la ofrenda podría haber sido rechazada por la Pachamama o la Gloria, si no se efectuaba todo como debía ser hecho, o si el ánimo de los presentes no hubiera sido limpio, o si faltase la fe).

    Se ha cumplido así, una vez más, la tradición. Nos damos de nuevo el "en buena hora". Lentamente, uno tras otro, nos vamos a dormir, porque deberemos estar listos, en el mismo lugar, en la madrugada antes de que aparezca el sol.

    Solamente el Yatiri y su ayudante permanecen en el lugar, despiertos toda la noche. Ellos deben vigilar y continuar orando, y también leerán en las cenizas el destino que será escrito en ellas por el viento, y que nos será explicado el día siguiente.

    Antes de las seis de la mañana llegamos todos al lugar sagrado, donde el Yatiri acaricia un llamo, un bellísimo llamo blanco, casi tan grande como un asno, al que han amarrado las patas traseras y que, de rodillas, mira con gesto hierático las cenizas del fuego. Pareciera que el animal también está orando, mientras espera tranquilo, como si supiese que está destinado a servir de ofrenda a la Pachamama.

    Nos ponemos todos alrededor, y el Yatiri comienza el ritual de la purificación. El incienso, me explica uno del lugar, se recoge de un altísimo árbol solitario que se ve en la lejanía y que es también un árbol sagrado. Entre los aymaras todo parece ser sagrado: las montañas y cerros, la coca, el vino, los vientos. Caminan sobre la tierra conscientes de que ella es su madre.

    El Llamo es alimentado con hojas de Coca, que mastica igual que nosotros. Se le ofrece vino en un vaso. Algunas flores blancas adornan su piel. El Maestro challa de nuevo con vino y agua, y somos invitados uno tras otro a repetir el gesto. Todo está listo para el sacrificio de sangre: la Huila-ncha.

    Se hace reposar la cabeza del animal sobre una piedra limpia, ante un recipiente dispuesto para recibir la sangre que brotará del tajo profundo que le cortará la garganta. El Llamo, entonces, lanza un lamento profundo y bajo, con el que parece decir que todo está consumado y que vuelve a la Madre Tierra. La sangre brota rápidamente, mientras el Yatiri pronuncia palabras sagradas en su lengua aymara. Todos alrededor en silencio observamos la escena con grande respeto.

    Cuando la sangre deja de correr, el maestro la va sacando del recipiente y virtiendo en pequeñas dosis sobre la tierra, que la recibe como un don merecido. El sacrificio está consumado.

    Nos damos todos el "en buena hora". Después, el animal comienza a ser preparado para convertirse en el alimento principal que comeremos los días siguientes. Será alimento sagrado. Los huesos serán recogidos y posteriormente sembrados por el campo. Las cenizas de la Dulce Mesa serán también recogidas cuidadosamente y enterradas en un lugar especial, donde una piedra grande la cubre para protegerla hasta el año próximo, constituyendo un pequeño altar donde nuevamente deberá cumplirse el rito ancestral.

    Terminada la parte ceremonial del encuentro, las reuniones se realizan en un ambiente de gran compañerismo y amistad. Cada tema es analizado ampliamente, sin premura de tiempo y hasta agotar su tratamiento, lo que se verifica cuando todos han expresado su sentir y sus ideas, cuantas veces lo consideren necesario, hasta llegar a un pleno consenso. En efecto, ninguna conclusión o acuerdo se establece por votación o mayoría. Cada uno expresa lo que piensa, sin particular asertividad pero tampoco con temor a equivocarse, y cada uno escucha atentamente las palabras del otro. Cuando algún asunto le merece alguna opinión especial, el Maestro expresa su pensar, que parece tener un peso especial sobre todos. Pero es, de todos los participantes, tal vez el que toma menos la palabra y por menos tiempo, y no ejerce en ningún momento el peso de su autoridad.

    Los andinos de los diferentes pueblos indígenas representados en el encuentro se sienten hermanos, y ello les da confianza ante las amenazas y agresiones que deben soportar en sus comunidades de parte de las autoridades políticas y policiales, de los narcotraficantes, de las guerrillas.

    Varios de ellos recalcan a menudo que el haber conocido personas de comunidades aymaras de otros países les da la gran seguridad de saber que en caso de necesidad podrán emigrar y serán recibidos como hermanos.

    Son muchos los temas que se tratan en el encuentro. Se analizan los objetivos y estrategias de la organización que los convoca. Se comparten saberes antiguos recogidos de los abuelos. Se analizan las amenazas que enfrentan sus comunidades. Se cuentan problemas que han conocido de otros pueblos hermanos y se solidariza con ellos.

    De los tantos temas que se conversan en las reuniones, recojo las conclusiones sobre dos de ellos, que sin ser temas naturales de su cultura sino interrogantes que les han sido planteados y puestos por el mundo moderno con que interactúan, ponen de manifiesto su peculiar sabiduría.

    Uno de estos temas se refiere al "control de calidad" de los productos, asunto que les plantean a menudo los técnicos y asesores que les envían como apoyo los Gobiernos y organismos no gubernamentales. Lo analizan en profundidad pero muy concretamente, ejemplificándolo con los productos que cultivan. Las papas, por ejemplo, o las manzanas, que en los mercados "occidentales" les piden que sean grandes, todas iguales y hermosas. Pero ellos dicen que ésa no es sino una calidad exterior, evaluada solamente con la vista.,, "Un año sembramos esas papas y salieron bonitas; pero no nos saciaban, no eran nutritivas, por lo que volvimos a las nuestras". Además, una cosa es la papa para el consumo del día, otra para la guarda, otra la que sirve para hacer el chuño, y distintas son las semillas buenas para el cultivo en altura o en el valle o en los distintos terrenos, como también las que resisten las enfermedades de cada lugar. De eso nada saben los "occidentales", que aprecian la calidad de las manzanas solamente con los ojos y no con el paladar, el estómago y la salud del cuerpo en general.

    Otro tema de análisis: la "innovación tecnológica", que siempre les repiten que es la clave para aumentar la producción y salir de la pobreza. Pero ellos saben que, por ejemplo, introducir un nuevo tipo de cultivo no es así no más. Cada planta va con otra planta (se ponen varios ejemplos), cada animal, ave o insecto con otro que lo acompaña, y cada especie vegetal con su respectiva especie animal. "Una vez nos trajeron e introducimos unas plantas de ... (no recuerdo el nombre). Las plantamos a pesar de que los abuelos nos decían que traería males a nuestra comunidad. Esas plantas fueron invadiendo nuestros terrenos, como una maleza difícil de eliminar, que no nos dejaba cultivar otros productos y criar los animales como se debe; hasta que nos vimos obligados a terminar con ellas con gran trabajo y volver a lo nuestro". "En otra ocasión nos llegaron unos pequeños tractores para preparar las tierras. Al comienzo les teníamos recelos y los ancianos se opusieron. Pero después aprendimos que nos eran muy útiles, y ahora los usamos sin problemas". La conclusión a que llegan después de analizar distintos casos, es que la innovación tecnológica no es buena ni mala en sí misma, sino que depende de cada caso. Pero como no hay modo de saberlo antes de probar, lo mejor es hacerlo en pequeña escala, introduciéndolas en uno o dos predios menores 1 y vigilar cuidadosamente lo que sucede alrededor con las demás plantas y animales, con el clima, y con las personas y la comunidad. Las tecnologías deben estar bajo el control atento de la comunidad, y es necesario llegar a entender bien su proceso y los múltiples efectos que producen en las plantas, los animales, las personas y la comunidad. Nada ocurre en una sola dirección, todo es recíproco, todo debe llegar al equilibrio, la innovación tecnológica "no es así no más".

    En la última reunión se elige la directiva de la Fundación, lo que se hace conversando amigablemente y analizando a fondo la situación. Los elegidos son aclamados con un aplauso; pero tampoco esto es así no más. Ellos toman posesión de sus cargos en un ritual de compromiso celebrado ante el Yatiri y todo el grupo, prometiendo frente a todos los hermanos y ante la Pachamama y el Creador, que cumplirán su tarea en la mejor forma que puedan, y sin olvidar nunca que han sido elegidos para trabajar por la emancipación y renacimiento de los pueblos andinos. Todos se comprometen con ellos para ayudarlos en lo que sea necesario.

    En las conversaciones informales fuera de reunión se habló bastante del clima y del modo de preverlo y controlarlo. Las predicciones del tiempo de los meteorólogos occidentales no les sirven porque anuncian solamente lo que ocurrirá el día siguiente o a lo más por tres o cuatro días; pero eso los indígenas ya lo conocen mirando simplemente al cielo y las montañas, y lo que necesitan es saber como vendrá la temporada, lo que ocurrirá por todo el ciclo de los cultivos, y hacer que las lluvias, el viento y las heladas les sean propicios. Mencionaron numerosos indicadores: que si tales insectos se comportan así, que si tales plantas crecen bajitas o se levantan, que si en tales días ocurre esto o aquello. Y en cada comunidad, todos participan en la lectura de tan variados indicadores. Al conversar el tema, se percibe un verdadero orgullo por este saber tradicional.

    En esos tres días que compartí con los andinos aprendí muchas cosas importantes que no olvidaré fácilmente.

    Terminado el encuentro, volví a Santiago el 4 de agosto de 1996. Consigno la fecha por si alguien quisiera comprobar estos hechos. En la loza del aeropuerto un fuerte calor y un cielo despejado me indican que el clima seco no ha cambiado en la región central del país. Sentí verdadera desazón, pues en la celebración de la Dulce Mesa me pareció que la Pachamama y los Achachilas atenderían mis deseos y peticiones de lluvia. Con la fe debilitada pues supe de inmediato la respuesta negativa, pregunto si ha llovido. Me explican que no hay por donde esperarlo, pues los informes del tiempo han anunciado varios días de sol y calor.

    Camino a casa voy, mientras voy contando a mi esposa algo de lo mucho que aprendí en esos días junto a los aymaras y andinos, me doy cuenta que el cielo se está nublando. Al llegar a la parcela donde vivimos, lo primero que hago es mirar la montaña cuyo Achachila me acompañó en la Dulce Mesa celebrada en Tarapacá. Justo entonces comienzan a caer las primeras gotas de un temporal de lluvia que continuará por dos días, acompañado de abundantes rayos y relámpagos que iluminan en la noche la montaña.

    El día siguiente los meteorólogos dieron las explicaciones del caso, haciendo referencia a un inesperado fenómeno climático de vientos y presiones atmosféricas imprevistas. ¿Una feliz casualidad? Me pregunto si será así no más.

 

                                                                                                                                                                                                  Luis Razeto M.