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LAS FINANZAS SOCIALES, UNA ALTERNATIVA DE DESARROLLO EN EL MARCO DE LA ECONOMÍA SOLIDARIA.

 

Quiero ante todo agradecer a los organizadores de este Foro sobre Finanzas Sociales por la oportunidad que me han dado de compartir con ustedes reflexiones y experiencias sobre un tema de gran importancia y actualidad, y felicitarlos a todos por la feliz iniciativa de organizar y de participar en este encuentro, que se realiza en un momento especialmente oportuno, en que el fantasma de una crisis económica profunda y prolongada se cierne sobre el sistema global, amenazando aumentar la ya demasiado extendida marginación y exclusión en que se encuentra un porcentaje muy alto de la población en el mundo y en nuestros países latinoamericanos.
 
No es necesario insistir, aquí entre nosotros, que el actual funcionamiento de la economía globalizada mantiene fuera de los circuitos normales de los mercados de factores (del mercado del trabajo, del mercado de capitales, del mercado tecnológico, etc.) a una parte considerable de la población, que en consecuencia carece de ingresos autónomos o los obtiene en proporciones insuficientes para asegurar la satisfacción de sus necesidades fundamentales, una vida digna y posibilidades de progreso. Pero tal vez sea oportuno tomar más plena conciencia de que los atroces hechos del once de septiembre, con sus secuelas y consecuencias, están desencadenando una recesión mundial que podría ser tan profunda y prolongada que condujere incluso a una depresión económica. Lo que está ocurriendo, en todo caso, no es sino que el “sistema global” se reduce aún más, se achica otro poco, en el sentido que expulsará a más trabajadores, hará quebrar a nuevas empresas pequeñas, medianas e incluso grandes, reducirá el consumo de grandes sectores sociales, desvalorizará las monedas de los países dependientes, tornará más escasos los capitales, recortará los presupuestos reales disponibles por los Estados para hacer frente a las demandas ciudadanas, y que en síntesis podrá cobijar y proporcionar satisfacción de necesidades y oportunidades de progreso y desarrollo a un porcentaje aún menor de la población.
 
En este contexto en que debemos prepararnos para una crisis profunda y prolongada, la pregunta que articula este Foro - acaso las finanzas sociales constituyan una real y eficaz alternativa para el desarrollo social - , es tal vez la interrogante más importante que podamos plantearnos actualmente quienes buscamos contribuir a la superación de la pobreza y la inequidad social, y a construir una economía y una sociedad más justa, más amable, más fraterna.
 
Yo quisiera introducir el tema del Foro desde la óptima en que lo ilumina la perspectiva de las formas económicas alternativas, asociativas y solidarias, entendiendo que ellas constituyen la más amplia y eficaz manera de generar desarrollo social, porque concitan los esfuerzos, iniciativas, capacidades y recursos de los propios sectores afectados por la pobreza y la marginación, así como los de quienes los promovemos, apoyamos, acompañamos y queremos contribuir en distintas formas a su desarrollo, su eficiencia, su organización y su conocimiento.
 
Y ya entrando al tema, comenzaré destacando dos características de estas formas de organización de recursos, actividades y esfuerzos que llamamos “economía de solidaridad y trabajo” (una expresión sintética que enfatiza los elementos de racionalidad económica que tienen en común las múltiples y diversas formas económicas alternativas, asociativas, basadas en el trabajo y la cooperación). Me refiero a dos características que, constituyendo simultáneamente la fuerza y la debilidad que las distingue - esa curiosa mezcla de eficiencia y de ineficiencia que parecen caracterizar a las empresas asociativas, cooperativas y solidarias-, veremos que son los elementos o aspectos más importantes de tener en cuenta al plantearnos la cuestión de las finanzas sociales y su potencial aporte al desarrollo social.
 
La primera de estas características – que es la fortaleza de las formas económicas solidarias- es la extraordinaria eficiencia que manifiestan en el uso de los recursos y factores que emplean. La segunda característica –constitutiva de su gran debilidad en el mercado-, es su extraordinaria ineficiencia en cuanto a la captación e integración de recursos y factores nuevos, de buena calidad y en las cantidades necesarias, y la notable dificultad que encuentran para hacerlos crecer al interior de las mismas unidades económicas solidarias. Por cierto, estas afirmaciones aparentemente contradictorias requieren explicación. Veamos primero la eficiencia.
 
En economía se entiende que un modo de organización es más eficiente que otros, cuando con los mismos recursos o factores es capaz de crear mayor valor económico, o de generar más riqueza. Dicho de otro modo, un sistema de producción es superior a otro si rinde más producción con los mismos factores. Digámoslo aún de una tercera forma: un modo de organización de empresas es eficiente si no hay otro modo en que sus factores puedan generar mayor producción o valor económico; y es ineficiente cuando los factores disponibles pueden organizarse de otro modo que generen mayor producción o riqueza.
 
Pues bien, la simple observación de los hechos, así como también su más sofisticado análisis, demuestran que las unidades económicas solidarias –aquellas organizadas conforme a la racionalidad de la economía de solidaridad y trabajo- es notablemente más eficiente que las empresas o unidades económicas capitalistas.
 
No tenemos tiempo ahora para una demostración completa y acabada de esta afirmación, que hemos efectuado ampliamente en nuestros libros; pero una demostración intuitiva y simple la podemos encontrar observando que las unidades económicas solidarias son capaces de hacer productivos recursos y factores que están desocupados en el mercado, o sea que han sido desechados por las empresas capitalistas y otras formas de organización económicas dominantes porque ellas no pueden obtener de esos factores una adecuada rentabilidad que justifique emplearlos.
 
El capitalismo es selectivo: sus empresas funcionan, y son viables, sólo cuando logran utilizar aquellos factores de mayor calidad y productividad. Las empresas capitalistas que no empleen a los mejores trabajadores, a las tecnologías más avanzadas, a los ejecutivos más capaces, a los capitales de menor costo, y a los recursos materiales de mayor rendimiento, son rápidamente desplazadas del mercado, y quiebran o caen en bancarrota. Eso demuestra la ineficiencia de la forma de organización capitalista, que sólo es capaz de obtener utilidades y beneficios cuando logra emplear los mejores factores existentes.
 
La economía solidaria, en cambio, no necesita “descremar” el mercado para funcionar y generar producción y beneficios. Al contrario, ella es capaz de volver productivos los factores improductivos, o sea aquellos que por su menor rendimiento han sido desechados por la economía y el mercado capitalista. Da empleo a trabajadores desempleados, e incluso a fuerza de trabajo secundaria. Logra beneficios incluso utilizando materias primas e insumos de segunda mano, ya desechados, que ella misma recicla. Aprovecha conocimientos y tecnologías consideradas obsoletas, anticuadas, fragmentarias, de baja productividad. Es sabido que sus gestores no son quienes tienen una elevada experiencia y formación gestionaria. E incluso son capaces de funcionar, producir, generar valor y obtener ganancias, en organizaciones o empresas en que el financiamiento y el capital son insignificantes.
 
E inyécteles usted un poquito de factores de mejor calidad. Pronto comprobará la insólita eficiencia de la economía solidaria. Yo he conocido numerosas organizaciones económicas populares solidarias en que basta incorporarles unos pocos conocimientos tecnológicos y algunos criterios básicos de gestión, para que la productividad en ellas se incremente varias veces. Y en cuanto a la productividad del factor financiero, llamado habitualmente capital, no hay forma económica que se le pueda comparar. Las microempresas asociativas y solidarias logran ingresos y beneficios para sus trabajadores y socios, que anualmente multiplican en varias veces el capital empleado en ellas. Y microcréditos o donaciones de, por ejemplo, mil dólares, invertidos en estas unidades económicas tan carentes de recursos, a menudo permiten incrementar sus ganancias anuales en varios miles de dólares. ¿Qué empresa capitalista podría obtener una rentabilidad del capital invertido en ellas, del orden de varios cientos e incluso miles por ciento anuales, como ocurre en muchas organizaciones económicas solidarias?
 
Esta elevada eficiencia, esta altísima productividad de la economía solidaria, que la hace capaz de funcionar con los recursos más pobres y desechados por la economía oficial, tiene una explicación muy clara, que hemos también desarrollado analíticamente en nuestros libros. En síntesis, ella se explica, básicamente: uno, por la presencia en ellas del que llamamos Factor C, esto es, la energía social que se constituye mediante la unión de conciencias, voluntades y sentimientos tras un objetivo común, o sea por la solidaridad convertida en fuerza productiva, que incrementa la productividad de cada uno de los factores con que se combina; y dos, por las importantes “economías de asociación”, que implican tanto una considerable reducción de costos y de conflictos a consecuencia de la solidaridad interna, como una muy relevante generación de beneficios adicionales por el hecho de hacer las cosas juntos, satisfaciéndose con ello necesidades relacionales y conviviales. (Pero no es el caso de entrar aquí en los detalles de la racionalidad económica solidaria, y debemos volver a nuestro tema).
 
Desgraciadamente, esta eficiencia de la economía de solidaridad y trabajo es sólo un lado de la realidad que debemos considerar. El otro lado, es el de la ineficiencia habitualmente mostrada por las formas económicas cooperativas y solidarias en cuanto a su capacidad de captar e integrar a ella factores, en las cantidades y de las calidades necesarias para consolidarse y operar estable y consistentemente en el mercado.
 
Porque cabe preguntarse, ¿cómo es que formas económicas tan eficientes como demuestran ser internamente las solidarias, no logran afirmarse en el mercado, y no han llegado a predominar en él, atrayendo e integrando a sí, a los más abundantes y mejores factores? Si son tan eficientes, ¿cómo es que no predominan? En efecto, la teoría económica neoclásica sostiene que una forma de organización de la producción se impone en el mercado y desplaza a las otras cuando es más eficiente que ellas. A esto habría que dar una respuesta, si queremos sostener que la forma solidaria de organizar la producción es más eficiente que la forma capitalista de hacerlo, aunque no se haya aún impuesto en el mercado.
 
Hace algunos años Stephen A. Marglis, profesor de economía en la Universidad de Harvard, demostró empíricamente que no es cierto que la división capitalista del trabajo se implantó por su superioridad tecnológica, y que un nuevo método de producción no tiene necesariamente que ser más eficiente que los otros para ser adoptado, y que esto depende, en gran medida, de las instituciones económicas y sociales, de quién tiene el control de la producción, y bajo qué condiciones y limitaciones se ejerce ese control. (Stephen A. Marglis, Perdiendo el Contacto, Bolivia 2002) Esta explicación es válida, en alguna medida, en relación a nuestro asunto. Pero hay cosas que agregar y explicaciones que profundizar. Y ello, para el tema de este Foro es fundamental, pues a nadie escapará que lo que se busca con las finanzas sociales, es precisamente facilitar la integración de factores a las organizaciones y empresas solidarias. La expectativa es, exactamente, resolver mediante la financiación social las dificultades que tienen estas organizaciones para captar en el mercado factores de mejor calidad. Ello les permitiría manifestar toda su eficiencia en empresas y actividades menos pobres, más grandes y mejor provistas de recursos, contribuyendo así a superar los problemas sociales que la originan, y asentando sólidamente en el mercado una nueva, más justa y solidaria forma de organizar la economía. Pero no sabremos cómo organizar las finanzas sociales de modo que faciliten y amplíen el acceso de más y mejores factores a las empresas solidarias, sin antes haber comprendido en profundidad las razones de su actual ineficiencia para hacerlo.
 
Hay que partir reconociendo el hecho de que la economía solidaria –las organizaciones y empresas del sector asociativo, cooperativo y autogestionario- no suelen tener fácil acceso al financiamiento, a las tecnologías más eficientes e innovadoras, a los ejecutivos, gestores y administradores más capaces, y ni siquiera a la fuerza de trabajo más capacitada y productiva. Atención, decir que no tienen acceso no significa necesariamente que alguien se lo impide, sino también, al menos en condiciones de un mercado semi-libre, que ellas no son suficientemente atractivas y capaces de convocar, motivar, seducir e interesar a quienes poseen dichos factores.
 
La explicación del hecho tiene cuatro aspectos, que aquí no podemos analizar en detalle pero sí brevemente mencionar. Los dos primeros son estos:
 
1.      El contexto económico, político, institucional, jurídico y cultural no facilita ni orienta a los individuos y grupos a relacionarse con la economía solidaria y sus organizaciones.
 
2.      El modo de producir capitalista y sus empresas proporciona a los poseedores de algunos de esos factores (capital, tecnología, gestión) beneficios y utilidades extraordinarias, superiores a las que corresponden a su efectiva productividad. Puede hacerlo, porque dicho modo de producir extrae a los poseedores de otros de esos factores (los trabajadores, la comunidad) una parte de las remuneraciones que les correspondería según su productividad. Por eso, los dueños del capital, los poseedores de conocimientos tecnológicos y de capacidades gestionarias, prefieren integrarse y operar en empresas capitalistas en vez de hacerlo en otras que, como las solidarias, sólo les ofrecen beneficios justos, equivalentes a sus aportes a la producción.
 
Reconocer estos dos primeros elementos de la explicación nos resulta fácil, pues ellos implican que la “culpa es de otros”, no de la economía solidaria, ni de sus organizaciones, ni de sus integrantes. Pero la explicación de la dificultad para integrar recursos y factores en mayores cantidades y de mejor calidad no es completa, porque debemos reconocer que a menudo hay recursos financieros disponibles para la economía solidaria que no se emplean, y que hay también conocimientos y personas de elevadas capacidades tecnológicas y gestionarias que desearían integrarse a la economía solidaria, por razones sociales, éticas y espirituales, que sin embargo no encuentran las posibilidades u oportunidades dónde hacerlo. Existen, además, profesionales, técnicos y trabajadores desocupados, que no acceden a la economía solidaria para colocar y hacer producir en ella sus recursos y factores disponibles. Llegamos así el tercer punto de la explicación:
 
3.      La economía solidaria no está en condiciones de integrar todos los recursos y factores que estarían disponibles para operar en ella, porque el Factor C en base al cual se organizan sus unidades económicas, no se encuentra suficientemente desarrollado, no habiendo aún dado lugar a las empresas y unidades económicas que podrían ocuparlos.
 
Para comprender en profundidad este tercer aspecto de la explicación habría que conocer más ampliamente la “teoría económica comprensiva” que da razón de la economía solidaria. Para quienes conocen la teoría: se trata del proceso de “acumulación originaria de Factor C”, y de la conversión del Factor C en “categoría organizadora”, que permite generar y multiplicar empresas en que el trabajo y la comunidad se constituyen como factores empresarios. Como la solidaridad y la asociatividad en base a las cuáles y sobre cuya base se organizan las empresas solidarias, pueden combinarse con los otros factores productivos conforme al teorema de las “proporciones definidas”, no es posible que den ocupación e integren a otros factores sino en proporción a la solidaridad existente y fundante de empresas asociativas. Para quienes no conocen la “teoría económica comprensiva”, digamos en términos más sencillos que la economía solidaria es capaz de atraer e integrar a otros factores, sólo en proporción a la solidaridad internamente desplegada en sus unidades económicas. Y además, que los factores que ella ocupa, no pueden ser cualquiera de los que se ofrecen en el mercado; es preciso, en efecto, que además de estar disponibles, quienes los aportan tengan también un espíritu solidario, una capacidad de compartir y de cooperar en función de objetivos hechos propios.
 
Este tercer punto de la explicación de la dificultad que manifiesta la economía solidaria para integrar factores de elevada calidad y productividad, es muy importante en relación al tema que aquí nos convoca, a saber, las finanzas sociales. En efecto, la disposición y provisión de recursos financieros para las unidades y organizaciones asociativas, cooperativas y solidarias, no puede efectuarse en las mismas formas y modos en que se efectúa la financiación de la empresas de capital. Puedo destacar dos elementos.
 
El primero, que es inútil pretender crear organizaciones y empresas solidarias sobre la base de un aporte financiero inicial. Esto, que demuestra la teoría, está comprobado infinidad de veces en la práctica, por la multitud de casos de falencias y fracasos de las organizaciones y empresas asociativas que se forman a partir de un crédito o donación financiera como impulso inicial, y que no suponen la existencia de un grupo humano organizado y unido previamente que haya aportado por sí mismo todos aquellos recursos y capacidades que están originariamente a su alcance.
 
El segundo aspecto, es que la provisión de recursos financieros, así como también de otros factores (tecnológicos, gestionarios, materiales, de trabajo), debe hacerse con solidaridad, con espíritu de cooperación, con motivaciones generosas y no con mezquinos intereses y afanes de lucro. Porque los factores que se integran a una empresa o unidad solidaria, sólo armonizan con los ya existentes en ella, y aportan su productividad potencial conforme a la eficiencia propia de la economía solidaria, cuando comparten la conciencia, la voluntad y los sentimientos con que se persiguen los objetivos comunes a sus integrantes. Con otro espíritu, con otra lógica económica, los financiamientos y otros factores que se alleguen a una empresa solidaria no harán sino distorsionar su funcionamiento, crear roces, problemas y conflictos, que afectarán negativamente su funcionamiento y eficiencia. Introducir con espíritu capitalista financiamientos a una empresa solidaria, la tenderá a convertir en capitalista, generando distorsiones que la alejarán de su genuina y eficiente racionalidad.
 
Pero es preciso completar aún la explicación de las dificultades existentes para disponer en la economía solidaria factores productivos de mejor calidad y en mayor cantidad. Hay un cuarto aspecto, que es tal vez aún más importante que lo conozcamos en función de disponer de eficaces y adecuadas políticas de financiación social. Lo podemos enunciar de este modo:
 
4.      Se han establecido en la economía cooperativa, autogestionaria y solidaria, por razones históricas, ideológicas, culturales, ciertos criterios de tratamiento de los factores productivos, que implican inflexibilidades de mercado, y que causan distorsiones y distanciamientos respecto a la auténtica racionalidad de la economía de solidaridad y trabajo, impidiendo que ésta se desenvuelva eficientemente.
 
El análisis y explicación de este aspecto ha motivado gran parte de mis estudios y escritos. Me limitaré a mostrarlo con algunos ejemplos, sabiendo que estos son siempre insuficientes y algo imprecisos, pero la economía de tiempo nos obliga a proceder de este modo.
 
Históricamente ha existido una desconfianza, un temor, una crítica del capital como factor económico necesario, que ha llevado a relacionarse con él y a tratarlo de modos inapropiados. Por ejemplo, en el cooperativismo, desde el comienzo, se estableció el principio del “interés limitado al capital”. Un temor a la fuerza avasallante del capital capitalista llevó a pensar que en las cooperativas el capital debía controlarse jurídicamente, mediante una norma rigurosa y estricta que indicaba que los aportes productivos del capital debían remunerarse en la forma más limitada que fuera posible. Naturalmente, esto ahuyenta el capital de estas empresas, y hace huir de las cooperativas incluso el propio capital cooperativo. Es así que para evitar la descapitalización y consiguiente tendencia a no invertir, las cooperativas debieron adoptar una norma jurídica compensatoria, cual era la de destinar un porcentaje fijo (habitualmente un 20 %) de la utilidades a incrementar el capital social. Ineficiente la limitación de la remuneración del capital, e ineficiente la norma compensatoria, pues nada indica que una empresa, independientemente de su funcionamiento y de las condiciones del mercado, deba necesariamente capitalizar en una proporción anual fija. Reducir la flexibilidad de las empresas solidarias en su manejo del factor financiero significa inevitablemente perder eficiencia.
 
Además, ¿tiene acaso sentido, y es coherente con la racionalidad solidaria, castigar el capital fijándole un interés limitado? Cierto, no se trata de fijarle un interés capitalista. Pero ¿es que el interés solidario consiste en limitarlo normativamente? Ante todo hay que pensar en qué consiste el capital en una empresa cooperativa o solidaria en general. Veamos. El capital cooperativo se forma, en primera instancia, con los aportes de los socios. ¿Y qué es ese dinero que los socios destinan para financiar su empresa, sino su propio trabajo anterior, acumulado como ahorro, sacrificando consumo individual y familiar en beneficio de la organización solidaria? ¿Por qué castigar ese trabajo acumulado y ese sacrificio de consumo individual y familiar, generosamente efectuado en función de una empresa común, remunerándolo de manera insuficiente?
 
No es difícil comprender que con este criterio, no solamente se dificulta la captación de financiamientos y capitales en el mercado, e incluso de parte de los mismos socios, sino que además a estas empresas les costará acumular capital propio -que necesitan para crecer y emprender nuevas iniciativas- reservando a ello una parte de sus excedentes. Jaroslav Vanek demostró que en muchas cooperativas se manifiesta una “tendencia a sub-invertir”, porque los socios prefieren distribuir las utilidades en vez de reinvertirlas en la empresa, debido a que a dicho capital reinvertido –que es el fruto del propio trabajo y esfuerzo- no se le reconocerá ni recompensará por su futuro aporte a la producción. Tanto es así que una muy extendida manera de concebir el cooperativismo rechaza incluso la idea de que las cooperativas sean empresas, reconociéndoles solamente el carácter de asociaciones económicas “sin fines de lucro”, que no deben obtener utilidades, y que si generan excedentes operacionales deben repartirlos o devolverlos a los socios con el criterio “a prorrata” de las operaciones que hayan efectuado en ella.
 
De este cuarto elemento explicativo de la dificultad de las organizaciones de la economía solidaria y del trabajo para integrar y dotarse de factores que necesita para crecer, surgen nuevos aprendizajes sobre el tema de las finanzas sociales. Básicamente, la necesidad de que en estas empresas y organizaciones solidarias se organicen y operen internamente los procesos financieros, con criterios rigurosos de economía solidaria, y no en base a concepciones ideológicas derivadas de un abstracto anticapitalismo.
 
Debo ir terminando esta introducción a los debates, intercambios y reflexiones que han de desarrollarse en este evento, y lo haré sintetizando brevemente algunas conclusiones que sobre las “finanzas sociales” podemos extraer de los análisis sobre la eficiencia e ineficiencia de las formas económicas solidarias. Ellas son, básicamente, las siguientes:
 
  1. La extraordinaria eficiencia interna de las formas económicas solidarias en el empleo de los factores que logra captar, justifica ampliamente todos los esfuerzos que se hagan por dotarlas de factores y recursos más abundantes y de mejor calidad.
 
  1. Las dificultades que estas formas económicas solidarias tienen para proveerse por sí mismas de dichos factores, y de los financiamientos apropiados para captarlos del mercado, cuyas cuatro principales causas hemos brevemente explicado, plantean exigencias muy precisas a la organización y operación de las finanzas sociales; exigencias que, por desconocimiento o descuido muchas veces no han sido consideradas, implicando incurrir en pérdidas importantes de recursos financieros.
 
  1. Entre los aprendizajes que al respecto deben hacerse, podemos destacar los siguientes:
 
a)      No pueden esperarse resultados satisfactorios mediante la financiación de microempresas o empresas solidarias que no hayan previamente desplegado un significativo Factor C; o en otras palabras, la iniciativa y el punto de partida de estas organizaciones económicas no puede ser un recurso financiero ofrecido externamente, sino un grupo solidario ya constituido, provisto de una idea o proyecto propio, en función del cual haya efectuado todos los aportes y esfuerzos que le son posibles, previamente a cualquier concesión de créditos, subvenciones o donaciones financieras.
b)      El monto de los recursos financieros provenientes de fuera, que una empresa solidaria es capaz de asimilar y operar con eficiencia, es proporcional al desarrollo interno de su Factor C, y en ningún caso debe ser mayor del que pueda gestionar sin implicarle al grupo pérdidas de autonomía ni abandono de una lógica operacional cooperativa.
c)      Las aportaciones financieras o de otros factores económicos, a las empresas y organizaciones solidarias y del trabajo, requieren ser efectuadas con motivaciones y objetivos genuinamente solidarios. Ello no significa que les deban ser donados, o que no puedan efectuarse créditos que impliquen el pago de intereses; pero no es pensable que se obtengan buenos resultados cuando las fuentes financieras se relacionen con ellas en términos estricta y exclusivamente instrumentales, y con propósitos de ganancia capitalista.
d)      Para hacer más eficaz la financiación de las organizaciones y unidades económicas asociativas, ellas debieran modificar algunos criterios ideológicos tradicionales, que les impiden valorar convenientemente el capital propio, su generación al interior de las mismas empresas, y su acumulación e inversión productiva.
e)      Todo lo anterior supone que las operaciones de financiación social, en el ámbito de la economía de solidaridad y trabajo, estén acompañadas de procesos de formación y capacitación, de modo que tanto la gestión de las finanzas sociales como de las unidades económicas y sociales solidarias, sea efectuada conforme al espíritu y a la racionalidad especial de la economía de solidaridad y trabajo.
 
  1. La expansión de las finanzas sociales, y su eficaz implementación en función del desarrollo social, requiere que esté acompañada de un proceso más amplio de “acumulación originaria de Factor C”, esto es, de un proceso –que es cultural, comunitario, social y político- de expansión de la solidaridad social.
 
Cabe advertir, finalmente, que conforme a la mencionada racionalidad de la economía de solidaridad y trabajo, son múltiples las modalidades de efectuar la financiación del desarrollo social a través de las organizaciones solidarias. A través de mi larga investigación teórica y experiencia práctica en el campo de la economía de solidaridad y trabajo, he podido examinar diferentes formas de financiación solidaria: donaciones, subvenciones públicas, microcréditos y fondos rotatorios, cooperativas de ahorro y crédito, creación de dinero social en circuitos solidarios y en redes de clubes de trueque, autofinanciamiento, etc. Todos ellos son valiosos, todos tienen algo que aportar, todos contribuyen a proporcionar a la economía solidaria y al desarrollo social los recursos y factores que necesita, ayudando a resolver uno de sus mayores problemas. Ningún sentido tiene debatir cuál de ellos sea el mejor; lo importante y urgente es, en cambio, aprender respecto a cada uno de ellos, cuáles sean sus más eficientes y eficaces modos de organizarse y operar. Mediante el intercambio de experiencias y la reflexión compartida, en este Foro podremos efectuar importantes aprendizajes al respecto.
 
 
                                                                                                                                                                                    Luis Razeto M.
 
(Conferencia dictada en el Foro sobre Finanzas Sociales como Alternativa de Desarrollo Social, en Ciudad de México, el 3 de octubre de 2001 ).