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LA TIERRA ES REDONDA, o el Valor del Espacio.

"LA TIERRA ES REDONDA", o el valor del espacio.

 Mi padre, que trabajaba en el campo, solía repetir algo que sólo años después llegué a comprender cabalmente: "la tierra es redonda".

Que la tierra es redonda lo sabía yo como todos los niños desde la más tierna edad, pues es el primer conocimiento científico que se aprende. Pero esa frase tan simple y de contenido obvio, dicha por mi padre asumía un no sé qué de profundo y de inquietante. Cuando él afirmaba: "la tierra es redonda", era como si emitiera una sentencia, la conclusión de una larga meditación, un juicio definitivo. Llegué a comprender lo que quería decir sólo años más tarde, conectando esa frase con otras de las sabias enseñanzas que mi padre trasmitía con escuetas y austeras palabras.

Cuando mi padre sentenciaba "la tierra es redonda" (recuerdo haberlo sorprendido alguna vez haciendo el gesto de encerrar una esfera con las manos), quería decir que la tierra está completa, que no puede crecer en ninguna dirección, que nadie puede agregarle ni siquiera un milímetro en sus dimensiones ya dadas.

Si me costó entender que la tierra es redonda en ese preciso sentido, fue tal vez porque yo me pasaba gran parte del tiempo mirando el vuelo de los pájaros, las formas sorprendentes de las nubes, los recorridos de la luna y la geometría de las estrellas en el firmamento. O sea, yo miraba el espacio abierto al infinito, extendiéndose hacia arriba y en todas las direcciones en que podía proyectarse la mirada... desde la redonda tierra.

Pero mi padre, como buen agricultor, era un hombre práctico y sus reflexiones versaban siempre sobre sus actividades y trabajos y sobre las necesidades de la vida cotidiana. Porque él, además de plantar árboles y cultivar el campo, criaba ganados y aves cuyas crías le exigían agrandar cada año el establo y los gallineros, y también levantaba bodegas y graneros para guardar las cosechas, y cada dos o tres años agregaba una nueva habitación a la casa paterna para satisfacer las necesidades de una familia que periódicamente era bendecida con un nuevo hijo, mientras nosotros crecíamos sin pausa y planteabamos siempre nuevos requerimientos.

Así, cuando mi padre sentenciaba: "la tierra es redonda", estaba relacionando el hecho inevitable y definitivo de que la tierra tenía las dimensiones que tenía, no pudiendo nadie añadirle siquiera un palmo, con ese otro hecho igualmente contundente de su propia vida y de la vida humana en general, válida para su campo y para todo el globo terráqueo, de que la economía está siempre en expansión, para satisfacer a una población que aumenta año tras año con nuevos habitantes, que necesitan los correspondientes lugares donde vivir en las ciudades y campos, donde instalarán sus viviendas y donde habrá de proporcionársele caminos, proveerlos de industrias, alimentarlos con más extensos cultivos y mayores crianzas de ganados, que hay también que alimentar.

Más personas, más familias, más casas, más caminos, más ciudades, más industrias, más automóviles, más y más y siempre más de todas las cosas, que deben establecerse e instalarse ocupando espacios disponibles en la siempre constante y limitada tierra redonda, lo único que no podemos aumentar ni hacer crecer.

Que "la tierra es redonda" tiene máxima importancia económica. Mientras todo otro activo se multiplica, sólo la tierra permanece constante. Salen de las fábricas millones de automóviles y máquinas, se construyen millones de casas, se abren millones de nuevas industrias, se construyen y pavimentan millones de kilómetros de caminos y calles, las máquinas que fabrican monedas e imprimen billetes de todos los colores no paran de funcionar y echar a circular crecientes millones de dineros. Todo bien y todo servicio, todo otro factor económico, se multiplica cada día, sólo la tierra permanece siempre igualmente redonda, año tras año.

De este modo el precio, o sea la relación de cambio entre la tierra y cualquier otro activo económico que pueda ser producido por el hombre, se torna siempre más favorable a la tierra en la medida que transcurre el tiempo. Dicho más concretamente, medido el valor de los activos en metros de tierra, todo otro activo económico va perdiendo valor, necesitándose menos metros de tierra para adquirirlos; mientras a la inversa, con el simple pasar del tiempo, se necesitan más cantidades de cualquier otro activo económico para adquirir un metro de tierra.

Cabe advertir que este aumento del valor relativo de la tierra no tiene que ver con ella en cuanto factor productivo, por ejemplo en cuanto tierra agrícolamente cultivable, sino en cuanto espacio disponible para ser ocupado por las actividades económicas de todos los tipos y de cualquier rubro. En tal sentido, lo dicho sobre la tierra en general, vale para cualquier recinto, local, establecimiento o lugar que sirva como espacio donde se localicen y asienten las personas y sus iniciativas, proyectos y empresas, tanto en las ciudades como en el campo. Podemos decir, pues, económicamente hablando, que así como el tiempo actúa a favor o en contra según el modo en que los sujetos se insertan en la economía (ver en este mismo Campus el artículo "Tiempo a favor y Tiempo en contra") , el espacio actúa a favor de quienes lo poseen, y en contra de quienes carecen de él.

El ritmo en que se incrementa el valor de la tierra es directamente proporcional al ritmo del incremento de la producción global. Mientras mayor sea la cantidad de personas que pueblen la tierra, mientras más sean las viviendas, caminos y obras de infraestructura que se construyan, mientras mayores sean las actividades comerciales y financieras que se establezcan, mayores serán las necesidades de lugares y espacios, con el consiguiente incremento del valor del espacio y de todas las locaciones disponibles.

En esto, como en todo, el tiempo es implacable, y si a la redondez de la tierra agregamos el impacto del operar del tiempo, las cosas se tornan aún más serias. Porque el paso del tiempo tiene consecuencias que agudizan el problema.

En efecto, la mayor parte de los bienes, servicios y factores económicos, se deterioran y desvalorizan con el transcurso del tiempo. Los automóviles van perdiendo su valor año tras año, hasta que se tornan completamente inservibles. Las casas se deterioran junto con sus instalaciones, e igual que respecto a las máquinas y otros activos de todo tipo, debemos asumir su depreciación con el tiempo. Las tecnologías, como las profesiones y saberes productivos, entran inevitablemente en obsolescencia. Y los productos, como las personas y las empresas, tienen sus ciclos que terminan en la pérdida de su valor económico, si no en la muerte irreversible.

El tiempo es socio inseparable del espacio, y ambos se potencian recíprocamente en su acción desvalorizadora de los productos del trabajo humano. Tiempo y espacio, ambos se nos ofrecen en cantidades fijas y limitadas, y ambos operan en contra nuestra, como adversarios temibles, si no los dominamos.

¿Cómo se domina el tiempo? Ocupándolo intensamente, no dejándolo pasar desaprovechado. No permitiendo que su obra deteriorante supere nuestra propia obra regenerativa y creativa. (Ver de nuevo "Tiempo a favor, tiempo en contra").

¿Cómo puede dominarse el espacio? ¿Acaso la lección a extraer del hecho que la tierra sea redonda, sea la conveniencia de tornarnos ávidos de poseerla en cantidades crecientes? Pero ¿no es que haciendo eso resulta inevitable que sea aún más escasa y limitada para todo el resto de la especie humana?

En otra ocasión les contaré lo que mi padre -hombre práctico y reflexivo como pocos- pensaba del dinero y la riqueza. Les adelanto solamente que solía decir: "cuando la moneda del país es débil la economía está enferma ". A él le tocó vivir en un país y en un tiempo de grandes inflaciones monetarias, en que el peso se desvalorizaba constantemente frente al dólar y en que los precios de los bienes y servicios no hacían más que subir todos los meses. Mi padre estaba consciente como nadie de que el dinero no era un buen medio de ahorro y acumulación de riqueza, pues estando el dinero enfermo y desvalorizándose constantemente por la inflación, no podía cumplir la función de "reserva de valor", como dicen higiénicamente los economistas.

Mi padre veía el dinero desvalorizarse y sabía que la tierra subía siempre de valor, de manera que comprar más tierra era el mejor modo en que hubiera podido enriquecerse. Tenía también clara consciencia del expandirse permanente de las necesidades familiares, y que eran necesarios el ahorro y la acumulación. Sin embargo, se contentó toda su vida con las cinco hectáreas originales que constituyeron su "parcela", y nunca quiso comprar más tierra ni adquirir campos aledaños al suyo, aunque estuvo en condiciones de hacerlo.

"Al hombre pobre la cama se lo come", era un dicho de la sabiduría campesina que enseña que el tiempo que transcurre inactivo destruye y "se come" todo lo que toca (y el tiempo lo toca todo). Mi padre se levantaba con los primeros cantos del gallo y el tiempo y el trabajo le rendían dinero y riqueza.

Pero no extendía mi padre la tierra que poseía; en cambio, la trabajaba y ocupaba toda entera, cada metro, cada palmo de su campo, atento a que rindiera lo que debía, que nada se desperdiciara, que todo lugar y espacio se ocupara productivamente. Amaba la tierra y cultivaba su campo con dedicación y cariño inmenso, sin agredirla con pesticidas ni fertilizantes químicos, sino que, diversificando los cultivos y las crianzas, lograba que todos los seres vivientes en la chacra encontraran cada uno su espacio y su tiempo, en armonía y equilibrio.

Ese amor a la tierra y a sus frutos se traducía también, entre tantas otras formas de expresarse, en el hecho que cualquier ahorro o dinero disponible lo invertía lo más rápidamente posible, plantando algún nuevo árbol o mejorando un cultivo, alimentando más animales y ensanchando las crianzas, adquiriendo algún nuevo recipiente o levantando una bodega, todo lo cual iba instalándose y ocupando su lugar en la parcela. Porque como la tierra es redonda y vale más que cualquier otro factor productivo, había que aprovecharla enteramente.

Cuando mi padre sentenciaba que "la tierra es redonda", como conclusión de largos razonamientos y como punto de partida de otras meditaciones, estaba formulando la cuestión más importante que se haya planteado y tratado de resolver la humanidad, una cuestión que vuelve a surgir siempre renovada y actual. Porque "la redondez de la tierra" es el dato esencial y básico, que condiciona todo el quehacer humano y la entera organización económica, social y política de la sociedad.

La redondez, o sea la limitación e imposibilidad de agrandar la tierra ni siquiera un palmo, ha sido y sigue siendo la causa principal de todas las guerras y conflictos y conquistas y colonizaciones y liberaciones y reivindicaciones, a lo largo de toda la historia humana. Es que cada persona y cada familia y cada pueblo, necesitan ocupar un espacio en la tierra; y cada proyecto que deseen realizar deberá encontrar su espacio e instalarse en algún lugar de la tierra. Y la tierra es redonda y limitada, mientras aumentan las personas, se multiplican las familias, crecen los pueblos, y sus necesidades, iniciativas, empresas, proyectos y realizaciones se expanden y acrecientan, debiendo todas ellas encontrar también los correspondientes lugares donde asentarse.

"Te daré una tierra, donde instalarás tu casa y podrá crecer y multiplicarse tu descendencia y tus ganados", fue la gran promesa hecha por Dios a Abraham; y llegar a esa tierra y defenderla de todos los demás que quisieran ocuparla quizá con iguales derechos, marca toda la historia de aquél pueblo, como la misma aspiración a disponer y defender la propia tierra determina igualmente la historia de todos los hombres, familias y pueblos que habitan la tierra.

¡Cuán enloquecida está la humanidad si cree que podrá de verdad resolver este asunto mediante la llamada "conquista del espacio", como si fuera pensable trasladar una parte de nosotros a lejanas e inhóspitas galaxias. Claro, el arquetipo de ésta idea loca es aquella del descubrimiento, conquista y colonización de América, que hace pocos siglos expandió los espacios disponibles para el dominio humano de la tierra. Pero no olvidemos que fue precisamente aquella epopeya iniciada por Cristobal Colón, la que vino a confirmar definitivamente que la tierra es redonda como una naranja.

Sí, el asunto debemos abordarlo y resolverlo aquí, en esta tierra, entre nosotros. Cómo y cuánto y por quién y para quienes se aprovechen la tierra y los espacios en que sea posible realizar actividades económicas, depende en gran medida de las formas que asuma la propiedad, o sea de los modos en que las personas y los grupos y los pueblos nos apropiamos de la tierra y de cuanto hayamos levantado en ella. Es el viejo y permanente problema de las formas de propiedad de la tierra y de los medios de producción.

La forma capitalista de propiedad, concentradora y excluyente, no hace más que agravar el problema al dejar afuera a la inmensa mayoría de los seres humanos, sin acceso a los espacios indispensables para vivir, trabajar y producir. Así la tierra resulta muy mal aprovechada, pues se reducen los propietarios y terminan siendo pocos los espacios disponibles.

La forma colectivista de propiedad, que subordina todo al Estado y excluye los derechos personales y comunitarios, inhibe, reduce y al límite niega las libertades de iniciativa, proyectos, empresas y obras, restringiendo también grandemente el aprovechamiento de los espacios y recursos de la tierra.

La economía de solidaridad y trabajo propone un concepto de propiedad (como proceso), y una variedad de formas de organizarla (personal repartida, personal incluyente, familiar, comunitaria, asociativa, comunal, cooperativa, etc.), que en su diversidad y en conjunto permiten maximizar el aprovechamiento de la tierra y los espacios disponibles, favoreciendo el despliegue de las iniciativas personales y comunitarias, y generando el mayor beneficio para todos.

 

Luis Razeto M.