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LA DIFÍCIL RELACIÓN ENTRE ECONOMÍA Y ÉTICA EN EL PENSAMIENTO ECONÓMICO.

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(Ponencia presentada por Luis Razeto en el Tercer Congreso de Etica, organizado por la Universidad Alberto Hurtado, la Universidad Católica del Maule, la Universidad Católica de Temuco, la Universidad Católica Silva Henriquez, y la Pontificia Universidad Católica de Chile, Julio 2009, Santiago, Chile).
 
La relación entre economía y ética ha sido siempre muy difícil, porque en la economía se manifiestan habitualmente comportamientos guiados por los intereses de los individuos, las pasiones de los grupos, las ambiciones y el afán de enriquecimiento y de poderío de muchos, que contradicen los más antiguos y elementales principios éticos. Las formulaciones éticas, por consiguiente, se esfuerzan por corregir tales comportamientos y se esmeran en promover las virtudes y valores individuales y sociales en tan díscolo espacio. La ética se ha siempre empeñado en domar los intereses, las pasiones, las ambiciones, el afán de lucro, etc. utilizando para ello las herramientas que le proporcionan la teología, la filosofía e incluso las ciencias; pero ha tenido en ello poco éxito.  Más aún, ha ocurrido que a nivel del pensamiento, esto es, en cuanto al modo en que se ha pensado y concebido la economía, el proceso histórico muestra un progresivo y muy lento pero inexorable camino de autonomización de la economía (de las ideas sobre la economía) respecto a la ética. Tal proceso marca la derrota histórica de la ética, o bien el triunfo de las lógicas puramente económicas sobre las razones y exigencias de la ética, esto es, en última síntesis, el triunfo de los intereses sobre las virtudes.
 
Es interesante hacer una breve reseña histórica de este proceso, para comprender en qué momento y situación nos encontramos.
 
Podemos comenzar con La República de Platón, en que aparece la que es tal vez la primera formulación conceptual sobre la economía. El modelo político-económico propuesto por Platón se funda exclusivamente en motivaciones éticas, en cuanto toda la propuesta busca forjar un nuevo hombre en el cual la virtud y la buena disposición del alma guiarán sus acciones y lo alejaran del vicio y la violencia. Por ello Platón rechaza la propiedad privada y postula la propiedad común, y en Las Leyes, aplica una rigurosa concepción ética de la que desprende los principios que la traducen en la organización del Estado y de la economía.
 
Platón es consciente que hay una absoluta distancia entre la economía real y su formulación ética de la economía, pero es clara su intención de que ésta llegue a aplicarse. Así se comprende claramente del siguiente diálogo, en La República, 592b:
 
 

“Glaucón: Ya entiendo; quieres decir: en aquella ciudad que ahora hemos fundado y discutido, que tiene su sede en nuestros razonamientos y discursos, pues no creo que exista en ningún lugar de la tierra.

 
 

Sócrates: Pero en el cielo quizás exista un modelo de ella para el que quiera verla, y viéndola se proponga fundarla en sí mismo”.

 
También Aristóteles examina la economía desde la ética, distinguiendo la economía doméstica (el gobierno de la casa) y la crematística (los negocios), ensalzando la primera y criticando la segunda, por razones morales. Aristóteles enseña que la organización de la economía y del Estado debe orientarse por la búsqueda del bienestar y la felicidad de los ciudadanos, y con este criterio el conocimiento económico consiste en distinguir y juzgar lo que está bien y lo que está mal en ella. Pero es más realista que Platón respecto a la naturaleza humana, lo cual lo lleva a la importante afirmación económica (no propiamente ética) de que “lo que es común a muchos obtiene un mínimo de cuidado, pues todos se preocupan de sus cosas propias, y menos de lo común, o tan sólo en lo que les atañe”.
 
En la Edad Media, con la filosofía cristiana y la escolástica, la ética continúa siendo entendida como la guía práctica de la actividad económica, lo que se intenta lograr a través de la enunciación de “preceptos”, como los relativos a la propiedad, a la usura, al trabajo, al salario, al desprendimiento de la riqueza, al sentido social de ésta, etc. Si bien se entiende que la economía es algo que como realidad es independiente, todo el saber económico apunta a subordinarla a la ética. De este modo el conocimiento económico se manifiesta en forma de enunciados sobre el “deber ser” de las decisiones económicas. La economía es sierva de la ética, de igual modo que la filosofía es sierva de la teología, en una estructura del saber jerarquizado, en cuya cima se encuentra la teología.
 
Esta etapa de la relación entre economía y ética culmina en la magnífica Utopía de Tomás Moro, que consta de dos libros. El primero describe críticamente la situación económico-socio-cultural de Inglaterra en ese tiempo, describiendo la ruina de los artesanos, el despojo de los campesinos, el encarecimiento de la vida, el auge del vicio y de la indigencia y la vagancia. Es una crítica ética de la economía. Que continúa en el segundo libro, en que Tomás Moro formula cual debiera ser el orden económico justo, la Utopía económica que corresponde al modelo de una economía ética, guiada por la ética. Tanto el análisis de la economía como el proyecto de la economía están basados en la ética, subordinados a ésta.
 
La separación del análisis científico de los hechos sociales y económicos respecto al juicio y guía moral sobre ellos tiene lugar en los albores de la época moderna, y sus inicios pueden atribuirse a Nicolás Maquiavelo, considerado el fundador de la ciencia política, y a quien erróneamente se ha atribuido la afirmación de que “el fin justifica los medios”. Maquiavelo nunca afirmó esto, sino que le fue atribuido por quienes no comprendieron la revolución intelectual que cumplía al afirmar que “Si un príncipe (o gobernante) se quiere mantener en el poder, debe aprender a ser no bueno, y a usarlo o no usarlo según la necesidad del momento”. La afirmación “el fin justifica los medios” es un enunciado ético para justificar cierto comportamiento. En cambio la afirmación que hace Maquiavelo es un riguroso enunciado científico sobre cómo funcionan la política y el poder, donde los objetivos se logran con independencia respecto a la ética.
 
Entre la segunda mitad del siglo XV y mediados del XVII aparece la teoría económica conocida como “mercantilismo”, que por primera vez examina la economía como realidad objetiva independiente de las doctrinas. Las formulaciones de J.B.Colbert, William Petty, John Locke, John Law, etc. constituyen el comienzo del proceso de autonomización de la ciencia económica respecto a la ética; pero es una separación precaria, pues todavía se busca apoyo moral para las formulaciones y propuestas económicas. En efecto, en un contexto cultural dominado por las concepciones religiosas, el mercantilismo busca todavía una fundamentación ética, o más exactamente, encuentra una justificación ética en el pensamiento de Calvino y en la Reforma Protestante, que dan una valoración positiva de la actividad económica, de los negocios y del enriquecimiento personal y de las naciones.
 
Es importante tener en cuenta la función cumplida por la reforma protestante en este cambio de perspectiva. Max Weber examina en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de qué modo la Reforma estableció los fundamentos doctrinarios y éticos necesarios para justificar el ‘espíritu del capitalismo’, que identifica en la búsqueda racional de las ganancias económicas y que supone la dedicación a los negocios como una actividad que no es ‘mundana’ sino necesaria y éticamente justificada. La justificación protestante del espíritu capitalista se desenvuelve en varios momentos teóricos, estando su origen en la separación efectuada a nivel teológico entre la salvación del alma de las personas respecto de su comportamiento. Si la salvación está predeterminada por la Providencia y no depende del ejercicio de las virtudes, la predilección divina de los individuos puede encontrar manifestaciones ya en este mundo a través del éxito y el logro de una situación de bienestar económico. Este momento conceptual era indispensable, habida cuenta de la concepción cristiana que ponía a los pobres como privilegiados divinos y a los ricos arriesgando su salvación. Por cierto, la ética protestante valora el bienestar y la riqueza solamente cuando son obtenidos mediante el esfuerzo personal y el trabajo, la vida modesta y el ahorro, la creatividad y el espíritu emprendedor.
 
Después de Maquiavelo, todas las ciencias sociales, incluida la economía, siguiendo en ello al filósofo empirista que fue también economista e historiador David Hume, separan rigurosamente los juicios sobre los hechos de los juicios de valor, el análisis de la realidad considerada objetiva (de lo que es) del análisis del deber ser (considerada una cuestión subjetiva). Así, por ejemplo, la sociología comienza con Durkheim que identifica el principio metodológico de “tratar los hechos sociales como cosas”. Es la gran revolución epistemológica realizada por el positivismo, que marca la ruptura de la conciencia moderna respecto a las filosofías anteriores y la conciencia antigua y medieval. De la conciencia como sujeto ético se pasa a la conciencia como sujeto cognitivo.
 
La independencia definitiva del pensamiento económico respecto de la ética se cumple con la Fisiocracia (Francisco Quesnay) y más marcadamente con el liberalismo, que grafica esta independencia en la famosa frase “laissez faire, laissez passer” de Vicente de Goumay. El proceso teórico culmina en Adam Smith, considerado por muchos como el fundador de la ciencia económica moderna. Smith era un filósofo y su primera obra “Teoría de los Sentimientos Morales” tenía un marcado carácter ético en cuanto se centraba en el estudio de la conducta humana. Pero la obra por la cual se lo reconoce como economista – La Riqueza de las Naciones- establece que los objetivos de la economía son: a) permitir que la gente se proporcione ingresos, y b) proporcionar al Estado los ingresos crecientes que le permitan la prestación de los servicios públicos.
 
La ética ha desaparecido así de los objetivos de la economía, y también del análisis económico. En efecto, Adam Smith plantea que la economía se caracteriza por hechos constantes y uniformes que se repiten y constituyen leyes. Es así que formula como principios y leyes principales de la economía tras el logro de sus objetivos de generar riqueza: a) el interés propio como motor de la actividad; b) la competencia como impulsor de la eficiencia; c) la ley de la oferta y demanda como mecanismo regulador, y d) la ley del valor del trabajo como fundamento de la acumulación económica.
 
La ciencia económica continuará desde entonces y hasta nuestros días como una disciplina que analiza los hechos y propone modelos teóricos exclusivamente en base a la información empírica interpretada por conceptos supuestamente referidos a los hechos, relaciones y procesos prácticos, ajena a toda consideración ética. Ello es así incluso en la teoría crítica marxista, toda vez que Marx y sus seguidores no abandonan el concepto de que la economía se encuentra regida por leyes, tanto en su continuidad como en la transformación de un modo de producción a otro, sin poner la menor expectativa de que los cambios económicos puedan provenir de decisiones y formulaciones éticas que adopten los individuos y los grupos.
 
El proceso de independización de la economía respecto de la ética llega a su máxima expresión con Keynes, que por primera vez reconoce y formula algo que estaba implícito en autores anteriores, a saber, que la economía funciona de manera adecuada cuando se organiza contrariando directamente los principios éticos tradicionales. Escribe Keynes textualmente: “Cuando más virtuosos seamos, cuando más resueltamente frugales, y más obstinadamente ortodoxos en nuestras finanzas personales y nacionales, tanto más tendrán que descender nuestros ingresos cuando el interés suba relativamente a la eficiencia marginal del capital. La obstinación sólo puede acarrear un castigo y no una recompensa, porque el resultado es inevitable. Por tanto, después de todo, las tasas reales de ahorro y gasto totales no dependen de la precaución, la previsión, el cálculo, el mejoramiento, la independencia, la empresa, el orgullo o la avaricia. La virtud y el vicio no tienen nada que ver con ellos”. (Keynes, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, pág. 105) Keynes es abundantemente reiterativo, y propone para ilustrar sus conceptos la fábula “El panal rumoroso o la redención de los bribonescuyos versos principales rezan así: “Ay, pero en este concierto / del comercio y la honradez / el panal de antigua prez / se va quedando desierto! / Pues si el vicio a chorro abierto / despilfarraba millones / alimentaba a montones / que hoy se quedan sin oficio / y echando de  menos el vicio / emigran a otras regiones. / Porque si bien se repara / la insobornable virtud / no es prenda de la salud ...
 
De este modo la racionalidad ética parece haber perdido la partida histórica en que se ha enfrentado con la racionalidad científica. Sin embargo la ética no se ha dado por vencida, y en la economía moderna ha mantenido la presencia de su discurso, buscando eficacia práctica por tres caminos diferentes.
 
El primero ha sido el de plantear formas económicas éticas como propuestas alternativas a las predominantes. Así el cooperativismo, el comunitarismo, y más recientemente, las finanzas éticas, el consumo ético, el comercio justo, etc. En todos estos proyectos, se proponen modelos de unidades económicas (producción, distribución y consumo) derivados de principios éticos; pero tienen un problema que no logran resolver, y es que no son verdaderamente eficientes, exigen sacrificios a sus participantes (cuando la lógica de la economía es la de maximizar los beneficios y el bienestar), y finalmente no logran consolidarse ni expandirse en el mercado, permaneciendo como islas testimoniales marginales respecto a la economía en su conjunto.
 
El segundo camino ha sido buscar la subordinación de la economía a la ética a través de la acción del poder social y político. Las razones éticas proporcionan argumentos a las luchas sociales de los sectores que experimentan la marginación o la subordinación económica, y a las corrientes políticas que las convierten en políticas del Estado y que imponen, por la vía de la autoridad y las regulaciones, las exigencias éticas sobre la economía. Los resultados parciales que se han logrado por esta vía suelen ser fuertemente resistidos por los economistas en cuanto implican sacrificios de la eficiencia macroeconómica, y en realidad no constituyen una genuina validación de la ética sino de la razón política por sobre la razón económica.
 
El tercer modo en que se mantiene vigente el pensamiento ético sobre la economía es a través de propuestas intermedias que buscan algún equilibrio entre la búsqueda de la eficiencia económica y las exigencias de la ética. Se sacrifica en parte la racionalidad económica y se moderan las exigencias de la racionalidad ética, en una suerte de compromiso cultural. Conceptos como los de responsabilidad social empresarial, salario ético, políticas redistributivas, van en esta dirección. El problema es que tales equilibrios intermedios dejan insatisfechas tanto a las razones de la economía como a las de la ética, debiendo ambas renunciar a sus reales aspiraciones de coherencia y consecuencia.
 
El problema de fondo que ponen estas tres maneras de enfrentar el problema, así como toda la evolución histórica del conocimiento económico, es que en realidad la ciencia económica tiene razón cuando sostiene que la subordinación de la lógica económica a la ética, o más exactamente, las interferencias de ésta en el mercado capitalista, implican sacrificar parte de la eficiencia económica de este modo de organización económica. Sé que esta afirmación puede ser y ha sido discutida con diversos argumentos, pero creo poder afirmar que la evidencia histórica es al respecto decisiva y contundente.
 
¿Significa esto que la ética debe renunciar a su intento de obtener que la economía proceda siempre hacia el bien social y que cumpla el objetivo de favorecer el más completo desarrollo humano, contribuyendo a   crear las condiciones para que se instalen los valores en la vida social y las virtudes en las conductas de los individuos?
 
No es la conclusión necesaria de este análisis. Hay una respuesta diferente, que no va en la dirección antigua y medieval de subordinar la economía a la ética, ni en la dirección moderna de mantenerlas separadas de modo que la razón ética no interfiera en la razón económica. Se trataría de algo completamente distinto y nuevo, consistente en introducir la razón ética en la teoría económica, esto es, desplegar una nueva estructura del conocimiento científico, que lo haga capaz de reconocer con rigurosidad científica las exigencias de la ética en el razonamiento y el análisis propiamente económico.
 
Es lo que creemos haber de algún modo realizado en la teoría económica de la economía de solidaridad, y en la Teoría Económica Comprensiva que la fundamenta. Algunos ejemplos de ello – que por razones de espacio y de tiempo nos limitamos a enunciar solamente para dar una idea del significado de esta propuesta teórica – son:
 
-         La elaboración de un nuevo concepto de eficiencia, que no limita la utilidad económica a la rentabilidad del capital ni los costos al pago de los factores implicados en la actividad, sino que considera en el análisis todos los beneficios y los sacrificios humanos, sociales y ambientales involucrados en la actividad económica.
 
-         El concepto del “Factor C” como expresión económica de las virtudes y relaciones de solidaridad, cooperación, compañerismo, etc. en cuanto constituyentes de una fuerza o factor productivo real, al que debe reconocerse su particular productividad y contribución en la generación de la riqueza.
 
-         El reconocimiento de las relaciones y flujos de reciprocidad, donación, compensación, comensalidad, cooperación y otros tipos de relación que incorporan un importante contenido ético, como componentes internos del proceso de distribución de la riqueza, y que es preciso integrar al análisis teórico del mercado y la circulación.
 
-         Un nuevo concepto de empresa, como organización económico-social que integra la subjetividad de todos los sujetos que la conforman, aportando cada uno sus propios valores, energías y potencialidades en la generación del producto.