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ESCUELA DE CAPACITACIÓN OBRERA (ECO) E INSTITUTO LABORAL.

 

La Escuela de Capacitación Obrera (ECO) fue el primer trabajo y la primera experiencia social en que participé. Apenas ingresado a la Universidad Católica de Valparaíso, el año 1966, junto con un grupo de estudiantes de diferentes carreras, me integré a la organización y dirección de una notable experiencia de voluntariado estudiantil, en la que llegaron a participar establemente hasta 300 jóvenes universitarios.
 
En esos años, las únicas experiencias de voluntariado estudiantil que se realizaban eran los ‘trabajos de verano’, en que grupos de estudiantes, durante las vacaciones de verano, iban a construir viviendas sociales de madera, a diferentes localidades pobres de  provincias. Otra actividad que motivaba la participación de los estudiantes universitarios eran los Centros de Alumnos y la Federeción de Estudiantes, que desplegaban iniciativas de participación en la vida universitaria interna, con un acentuada orientación política, toda vez que las elecciones de los dirigentes estudiantiles se basaba en las listas de candidatos propuestas por los partidos.
 
Personalmente miraba con interés esas experiencias, y llegué también a participar marginalmente en ellas: pero tenía reticencias y mantenía ciertas distancias, pues le hacía algunas críticas que, discutidas ampliamente con los compañeros, me llevaban a no comprometerme mucho en esas organizaciones y actividades.
 
Respecto a los ‘trabajos voluntarios’ de verano, sostenía que su gran debilidad era la discontinuidad en el tiempo, que no permitía un compromiso estable y permanente con los grupos sociales con los que se trabajaba en las localidades beneficiarias. Pensaba también que, si bien favorecían cierta toma de conciencia social por parte de los estudiantes, al contactarse con la realidad de la pobreza, no implicaban un trabajo efectivo de ‘concientización’ y formación social de esas comunidades locales, cada año distintas, donde los estudiantes participaban durante algunas semanas.
 
En cuanto a las organizaciones de representación estudiantil, les criticaba su centrarse exclusivamente en la vida interna de la Universidad, que en esos años considerábamos como ‘torre de marfil’, desconectada de la vida real de la sociedad. Los Centros de Alumnos y la Federación de Estudiantes realizaban fundamentalmente actividades de reivindicación de derechos de participación y luchaban por conquistar ciertos beneficios prácticos. Eso me parecía bien, y de hecho llegué a involucrarme ampliamente en ello el año 1967, especialmente en los procesos de ‘Reforma Universitaria’, que llegaron a tener un alcance universitario y social que podríamos considerar hoy espectacular. No obstante, en esos años –que eran de gran movilización y ascenso social de las clases obreras y campesinas- me pareció siempre que faltaba el contacto y la colaboración con esos movimientos sociales más ‘reales’ que los nuestros universitarios.
 
Esas reflexiones y planteamientos críticos, las fuimos compartiendo entre diferentes pequeños grupos de estudiantes. (Me esfuerzo por recordar las muchas y largas conversaciones, reuniones, discusiones y debates informales sobre esas cuestiones, que realizabamos constantemente con compañeros estudiantes, entre los que recuerdo a los que fuimos convergiendo en la ECO: Luis Quiñones (Director y organizador principal), Eliana Vidal, Jorge Rojas, Walter Sánchez, Francisco Menchaca, Eduardo Contreras, Paulina Olivares, María Inés Márquez, Iván Aldoney, Ernesto Ottone, Teresa Quinlan, Luis Landón,  y muchos otros. Mención especial de Priscilla Barry, que era mi cómplice más cercana en esas agitadas jornadas estudiantiles, y que fue desde entonces y es todavía hoy la compañera de mi vida.)
 
La creación y desarrollo de la ECO (Escuela de Capacitación Obrera) surgió precisamente con la intención explícita de superar aquellas limitaciones que veíamos en las mencionadas actividades estudiantiles.
 
La Universidad prestó generosamente las salas de clase que en horario vespertino tenían menor ocupación. También colaboraba con algunos materiales básicos: papel de secretaría, tiza, una oficina con teléfono. Las clases se realizaban tres días a la semana, en horario vespertino, con tres horas de clase diarias. El grupo de estudiantes que organizábamos la ECO debíamos gestionar cuidadosamente más de cuarenta aulas.
 
Cabe señalar que todo el trabajo se organizaba voluntariamente, ocupando los tiempos libres entre las clases y después de ellas, incluyendo reuniones y acrividades los sábados en la mañana. El trabajo realizado en esas condiciones era notable, pues había que admninistrar la Escuela, promocionarla, captar y seleccionar alumnos, preparar curriculums y programas, organizar a los estudiantes-profesores, hacer clases, mantener la información de secretaría, conseguir aportes de dinero para pagar gastos, realizar actos de inauguración y cierre del año escolar, cuidar y mantener las relaciones con las autoridades de la Universidad, relacionarse con los sindicatos en que participaban los alumnos-obreros, apoyar sus reuniones como Centro de alumnos, etc.
 
En la Escuela de Capacitación Obrera realizabamos Cursos y Programas en tres niveles: Nivel A. Alfabetización (que se hacía con la metodología de Paulo Freire, adaptada) Nivel B. Nivelación (para trabajadores con enseñanza básica incompleta, que recibían cursos de matemáticas, ciencias, castellano e historia), que habilitaba el acceso al Nivel C. Carreras Técnicas. A este nivel llegaban directamente los que tenían educación media incompleta.
 
Se crearon diversas carreras técnicas, en las áreas de electricidad, electrónica, mecánica y construcción. Las carreras duraban dos años (cuatro semestres), y contaban con una malla de estudios cuidadosamente preparada por grupos de estudiantes universitarios de las respectivas especialidades. Mallas que de alguna manera replicaban lo que se enseñaba en la Universidad, pero que nos esforzábamos por perfeccionar, aplicar con sentido práctico, articular con los conocimientos que traían los mismos alumnos-obreros.
 
En efecto, uno de las ideas claves, de los ‘principios’ de nuestra iniciativa educacional, era que los trabajadores poseían amplios conocimientos, aprendidos en la práctica, que tenían grandes potencialidades de desarrollo, y que a través del diálogo y el intercambio de saberes entre los mismos trabajadores-estudiantes, y de ellos con los estudiantes-profesores, se podía lograr y asegurar una adecuada y muy buena formación técnica y profesional.
 
Pero la formación que se desplegaba en la ECO no era solamente técnica y profesional. En efecto, con el trabajo de los universitarios de las carreras humanistas y sociales, se ofrecía una formación humanista y social complementaria, que consideránbamos en realidad esencial desde el punto de vista de nuestros propios objetivos. Así, además de las asignaturas técnicas, se realizaban cursos semestrales de formación humanística y social. Destacaban las asignaturas que titulamos: ‘Realidad Nacional’, ‘Problemas de la Sociedad Contemporánea’, ‘Lenguaje Oral y Escrito’. En las clases de estas asignaturas, obligatorias para todos los obreros-alumnos, se trataban y debatían los grandes temas sociales, históricos, políticos y culturales, con la más amplia participación. Desarrollamos una metodología basada en la formulación de preguntas, la realización de lecturas, y la discusión de preguntas y textos en grupos y ‘asambleas’ de curso. Llegamos a preparar textos de Apuntes para las clases de cada una de estas asignaturas, que todos los profesores de ellas compartíamos, reuniéndonos periódicamente a mejorar nuestras metodologías y didáctica.
 
Un logro enorme de aquella experiencia fue el de llevar por primera vez a cientos de obreros a la Universidad, y tener la posibilidad de comunicarnos establemente con ellos, intercambiar inquitudes, trabajar juntos. En la ECO llegaron a participar establemente más de 1.000 obreros-estudiantes. Era verdaderamente notable, increíble, impresionante ver que los patios y las aulas de la Universidad se llenaban de obreros (jóvenes, adultos, e incluso viejos), deseosos de aprender, agradecidos de la oportunidad impensada de estudiar un oficio, una tecnología, en una Universidad.
 
Cabe advertir que las ‘carreras’ técnicas que ofrecía la ECO no eran reconocidas formalmente por la Universidad ni por el Ministerio de Educación, de modo que los títulos y diplomas que se daban adquirían validez solamente por la demostración que pudiera hacerse de sus contenidos y de los aprendizajes reales logrados. Ello no impedía que llegaran muchísimos postulantes, más que los que podíamos aceptar cada año, a nuestra experiencia educacional. La promoción resultaba en verdad fácil, pues era realizada por los propios alumnos que la daban a conocer a sus compañeros, y en base a convenios y acuerdos que hicimos con varios sindicatos.
 
Pero hay que destacar que uno de los principales logros de esta experiencia fue lo que ocurrió con todos aquellos que participamos en ella como organizadores y como profesores, nuestro aprendizaje, nuestro crecimiento personal, en una experiencia que marcó la vida de muchos de sus participantes.
 
Dejé de participar en la ECO cuando egresé de mis estudios universitarios y debí viajar a Santiago. La experiencia continuó por varios años, con el nuevo nombre que le dieron sus continuadores: Instituto Laboral, con el que obtuvo después el reconocimiento formal de los estudios que se dictaban, por parte de la Universidad Católica de Valparaíso.