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EL BUEN DINERO Y EL DINERO MALO.

EL BUEN DINERO Y EL DINERO MALO,

O LA TRISTE Y TANTAS VECES REPETIDA HISTORIA DE UN PUEBLO CONFIADO AL QUE LLEGA LA MODERNIDAD

O, más intelectualmente, "La Esencia del Capitalismo"


Primera Parte

Entrando a Los Guindos, el viajero se dirigió resueltamente al hotel "El Hogareño", cuyo rústico y artesanal anuncio publicitario había visto al llegar al pueblo. El pequeño hotel hacía honor a su nombre, y la acogida cordial del propietario le hizo confiar que podía prepagar la habitación, aunque el tiempo de su permanencia en el lugar dependía de la llamada telefónica que haría más tarde a su empresa.

–¿Cuánto debo pagar por cada día de permanencia?
–Serían mil pesos diarios, señor.
–Muy bien, aquí le adelanto diez mil. Más tarde sabré cuántos días podré quedarme.
–No tenga cuidado, señor, en este hotel y en todo el pueblo somos honrados y todo es como en familia.
–Bien, le dejo las maletas mientras doy un paseo por el pueblo. Volveré en la tarde.

El hotelero, recordando que tenía una deuda con el carnicero, que probablemente éste tendría necesidad del dinero y que en los próximos días debería hacerle nuevos pedidos, tomó los diez mil pesos recién recibidos y corrió a pagarle.

El carnicero se apuró luego en abonar diez mil pesos a una deuda que tenía desde hacía varios meses con el granjero.

El granjero, feliz de poder saldar su obligación con el dentista le llevó a éste los diez mil pesos, cancelando así su deuda por el último arreglo de los dientes de sus hijos

El dentista pudo entonces pagar con diez mil pesos la renta de dos meses que debía por el local donde atendía.

Y así pudo el rentista saldar diez mil pesos con el constructor que hacía la mantención de sus propiedades, el cual, a su vez, se dirigió rápidamente al hotel donde mantenía una deuda por la fiesta que había realizado allí en ocasión del reciente matrimonio de su hija mayor.

No bien acababa de despedirse de su amigo el constructor, quien le había dejado los diez mil pesos que tenía aún en la mano, el hotelero vio entrar al viajero con gesto compungido. El viajero le explicó que no podría quedarse en el hotel, pues aunque el pueblo era muy acogedor y hermoso, se había comunicado con su empresa y tenía orden de volver inmediatamente al trabajo.

–No se preocupe usted. Aquí tiene los diez mil pesos que me adelantó por la estadía. Como no ha hecho uso de nuestros servicios, nada tiene que pagar y nada nos debe.

Feliz y agradecido, el viajero tomó el dinero y se despidió asegurando que volvería apenas pudiera, pues el lugar y el pueblo le habían encantado. ¡Y cómo no, si la confianza que había tenido en el hotelero, tan ausente en las relaciones y negocios de la ciudad de donde venía, había sido tan ampliamente justificada por la honradez del mismo! En verdad el viajero había imaginado que el hotelero algo le exigiría, aunque fuera por haberlo recepcionado en el libro y haber guardado sus maletas, por lo que estaba dispuesto a pagar al menos un día de estadía en el hotel. Pero no fue así, y quedó gratamente sorprendido de que el hotelero se mostrara igual de alegre que cuando había llegado.

El hotelero, aunque no había hecho el negocio que esperaba, estaba contento, pues había podido pagar su deuda al carnicero.

Días después se comentaba alegremente en el pueblo que el viajero nunca supo que su fugaz y gratuito paso por el hotel había permitido que se resolvieran todas las deudas entre los vecinos del pueblo de Los Guindos, aunque ningún negocio y trabajo hubiérase realizado aquél día.


Segunda Parte

Un año después, el mismo viajero llega feliz a Los Guindos, no pasándole desapercibido que el letrero artesanal que invitaba al hotel "El Hogareño" había sido reemplazado por un moderno y vistoso cartel luminoso. Se dirige al hotel, encontrándolo recién pintado y renovado en sus espacios, por lo que dice al hotelero:

–¿Me recuerda? Hace un año pasé por aquí, pero no pude quedarme. Aprecio que ha realizado varios progresos, por lo que supongo que les ha ido bien.
–Por cierto que lo recuerdo. Sea usted bienvenido a nuestro hotel. Como ve, estamos modernizándonos, lo que nos permitirá atenderlo mejor que hace un año. Podrá apreciar, además, varios progresos en Los Guindos. Todo ello se debe a los créditos que está otorgando ¡un Banco! que vino a instalarse en nuestra pequeña ciudad. Al viajero le pareció que la palabra Banco fue pronunciada con mayúscula y con gran respeto por el hotelero.
–¡Qué bien! Yo volví porque hace un año quedé encantado con este pueb..., perdón, con esta ciudad. Bueno, quiero pagar diez días por adelantado, aunque no sé cuánto tiempo podré quedarme, pero espero esta vez no tener que desistir.
–No hay problema, señor, serían doce mil pesos, pues son mil doscientos pesos por día.

El viajero justificó el aumento del precio pensando en el letrero luminoso y en el nuevo mobiliario del hotel, que habían sido financiados por el banco.

–Está bien, aquí tiene doce mil pesos. Le dejo las maletas mientras doy un paseo por el lugar. Volveré en la tarde.

El hotelero, pensando que la llegada del viajero anunciaba una buena estación de veraneantes y que convendría continuar modernizando el hotel, tomó los doce mil pesos y se fue rápidamente al banco, donde había aprendido que el tiempo es oro y que el dinero produce más dinero.

Prepagó en el banco doce mil pesos de su deuda, y comprobando el ejecutivo de cuentas que el hotelero era tan buen cliente y que tenía interesantes inversiones por hacer, le otorgó en el momento un nuevo crédito, esta vez por cien mil pesos, a un año de plazo y con una tasa de interés anual de 25%.

El hotelero fue donde el carnicero y le extendió un cheque por doce mil pesos, pagándole así, con una parte del dinero del crédito bancario recién conseguido, la deuda que tenía con él: la cantidad de carne que le debía el hotelero era igual que el año anterior, pero el precio del kilo había aumentado ese año.

El carnicero tomó el cheque y rápidamente fue al banco, donde prepagando con el cheque recién recibido y asegurando al ejecutivo de cuentas que desde el hotel le aumentarían los pedidos de carne y que por ello necesitaba invertir, obtuvo un nuevo crédito por 100 mil pesos, al plazo de un año y 25% de interés.

Con el dinero del crédito ya en su cuenta el carnicero pagó enseguida 12 mil pesos que debía al granjero. Éste, que también operaba ahora en el banco, prepagando su deuda negoció un nuevo crédito para ampliar y modernizar las instalaciones de su granja, explicando al ejecutivo de cuentas que el negocio del carnicero parecía andar muy bien y que seguramente le compraría en lo sucesivo más animales. Le otorgaron 100 mil pesos, a un año y con un 25% de interés.

Esto permitió al granjero pasar donde el dentista y pagarle 12 mil pesos que le debía por el arreglo anual de las muelas de sus hijos. Nunca supo si los hijos habían ese año descuidado sus dientes o si el dentista había aumentado los precios.

El dentista se fue a negociar al banco, donde pagó 12 mil pesos y obtuvo un nuevo crédito por 100 mil a un año plazo y 25% de interés. Había explicado al ejecutivo de cuentas que sus clientes parecían tener buen dinero y que podría nuevamente elevar las tarifas.

Con el crédito obtenido del banco el dentista pagó los dos meses de renta que debía al propietario del local, que ese año había aumentado también el valor del arriendo mensual.

Con el dinero del banco, el rentista pagó doce mil pesos que debía al constructor que mantenía sus propiedades. Éste, al recibir el dinero y sabiendo que el tiempo es oro y que el dinero produce más dinero, corrió al banco antes que cerrara, y alcanzó a pagar y negociar un nuevo crédito por 100 mil pesos a un año y 25% de interés.

El constructor tomó doce mil pesos del crédito recién obtenido, y fue a pagarle al hotelero la deuda que con él había contraído ese año desde que se había casado la segunda de sus hijas y había invitado a la fiesta en el hotel a la misma parentela del año anterior.

Justo en el momento en que guardaba el cheque el hotelero vio entrar al viajero que, compungido, le explicó que tampoco esta vez podría quedarse en el hotel, pues desde su empresa le habían comunicado que debía regresar al trabajo.

–No hay mayor problema –dijo el hotelero–. Le devolveré su dinero, pero tendré que descontar el valor de un día de estadía como ocurre en todo hotel en casos similares. Después de todo, ya registramos su habitación en el cuaderno y hemos guardado sus maletas en el depósito protegido, pues ha de saber que el pueblo no es como antes, y ya hemos conocido de hurtos y robos.

El viajero, sabiendo que el hotelero tenía razón y que era aquella la práctica habitual, tomó el cheque por 10.800 pesos que le pasó el hotelero, y se despidió diciendo que tal vez volvería a Los Guindos el año próximo, aunque pensaba para sus adentros que quizá no estaría inclinado del todo a hacerlo, pues había en el mercado tantos lugares y hoteles similares dónde vacacionar.

El hotelero quedó preocupado, pues si bien había ganado 1.200 pesos casi sin trabajar, y aunque había pagado su deuda con el carnicero, tendría durante ese año que pagar 125 mil pesos al banco y la estación de vacaciones no comenzaba tan bien como había imaginado en la mañana: el primer cliente desistía del servicio. No podía contar ahora con los 10.800 pesos que cuando negoció en el banco consideraba ya ingresados.

En las semanas y los meses siguientes, lo que se comentaba tristemente en el pueblo y que el viajero nunca supo, era que si bien en su fugaz paso por el hotel había dejado 1.200 pesos, todos en el pueblo habían quedado ese día enormemente endeudados.

Las relaciones entre los habitantes de Los Guindos cambiaron mucho de ahí en adelante. Los vecinos ya no se prestaban dinero entre ellos –para eso estaba el banco- y el que no pagaba al contado debía cancelar intereses –también lo habían aprendido del banco–. El carnicero se lamentaba ante el hotelero por no aumentarle los pedidos de carne. El granjero se quejaba ante el carnicero que los animales estaban esperando ser carneados. El dentista se quejaba del granjero, que ese año dejaría la dentadura de sus hijos sin la necesaria atención profesional. El dentista se peleaba todos los fines de mes con el rentista, uno por los atrasos en el pago, el otro por el monto de la renta. Y el hotelero se preguntaba cómo hacer para que el rentista le pagara por adelantado la fiesta que le había pedido organizar para el matrimonio de la menor de sus hijas.

Todos habían trabajado ese año más que el año anterior, todos parecían más ricos pero, sumando y restando activos y pasivos, eran en realidad más pobres.

Sólo el banquero estaba feliz. El monto total de las deudas de los vecinos con el banco crecía diariamente a partir de aquél día en que, por extraña coincidencia, los vecinos tomaron créditos por seiscientos mil pesos, dinero que por cierto el banco había prestado exigiendo las debidas y legales garantías.


Tercera Parte

Al año siguiente el viajero entra nuevamente a Los Guindos y su mirada busca espontáneamente el letrero que anunciara hotel “El Hogareño”, pero en su lugar encuentra una moderna publicidad que invita a los turistas al Great Hotel THE HOUSE INN. No obstante el fascinante y exótico ambiente sugerido por la publicidad, decide pasar sus vacaciones en el ya conocido El Hogareño, pensando que esta vez sí se quedaría, pues –se dijo a sí mismo– "la tercera es la vencida".

Cual no sería su sorpresa al comprobar que el Great Hotel THE HOUSE INN no era sino el mismo "El Hogareño" transformado, refaccionado y modificado en sus estructuras e instalaciones, en donde se reemplazaron las puertas y ventanas de alerce y parte de los antiguos muros de adobe por un gran ingreso y ventanales de cristal, y en que todo es ahora colorido y brillo. Curiosamente, en el mesón, encuentra al mismo hotelero conocido los años anteriores.

–Me alegro de verlo. ¡Qué bien! Es notable el progreso de su hotel. ¡Felicitaciones!
–No me felicite tanto que este hotel ya no es mío. Ahora trabajo aquí como administrador, pues perdí El Hogareño al no poder pagar las deudas bancarias. Pero aquí estamos, señor, para servirle.

Aunque las palabras eran cordiales, al viajero le pareció entrever en la mirada y el gesto del otrora dueño y ahora empleado del hotel, cierto malestar, incluso cierto rencor, pero sobre todo una actitud distante, recelosa más que confiada, menos segura y más sumisa que la de años anteriores. Como el dependiente no parecía interesado en ahondar la conversación se limitó a informarse que el valor diario por la habitación era de dos mil quinientos pesos, que se le cobraría al retirarse y que debía sólo consignar los datos de su tarjeta de crédito. Se registró, dejó sus maletas y fue a pasear por la que ahora se anunciaba en el cartel del camino como "Ciudad Los Guindos".

Así supo que Los Guindos no era ya el mismo pueblo de antes. Era ahora una pequeña ciudad como tantas, igual a tantas, pretenciosa como muchas, donde se combinaba una modernidad artificial con exotismo y tipicidad refaccionados especialmente para el gusto de los turistas. Recorriendo sus calles comprobó que la carnicería era más moderna y luminosa que la vista los años anteriores, pero quien otrora la atendía como dueño parecía ahora un trabajador dependiente.

Curioso, comenzó a indagar y a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo. Así supo que el granjero no había podido pagar oportunamente un crédito hipotecario y había perdido sus tierras, en las cuales trabajaba ahora como administrador. El dentista ya no trabajaba en su propio despacho sino que atendía en una clínica de propiedad de inversionistas desconocidos en el pueblo. El rentista se había visto obligado a entregar su propiedad al banco y había emigrado a la capital. El constructor independiente trabajaba ahora como capataz de una empresa. Los negocios del pueblo parecían brillar, mientras los ojos de los vecinos se habían opacado y ya no trasmitían alegría y confianza. Y, por cierto, el precio de todos los productos y servicios que se vendían en Los Guindos habían subido muchísimo y eran iguales que en la capital.

Todos habían trabajado ese año mucho más que el año anterior, el pueblo parecía más rico y desarrollado, entraba bastante más dinero a cada uno de los negocios, pero los habitantes del lugar eran ahora muchísimo más pobres.

Cuando el viajero abandonó el hotel se limitó a pagar y despedirse, sabiendo ya que no volvería más.

FIN

(Texto escrito por Luis Razeto en 1998, quien escuchó a Pablo Guerra contar la primera parte de esta historia).