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¿POR QUÉ CUESTA COMPRENDER LA CRISIS DE LA ECONOMÍA, LA CRISIS DEL ESTADO Y LA CRISIS DE LA CULTURA, QUE FORMAN PARTE DE UNA CRISIS DE CIVILIZACIÓN?

¿POR QUÉ CUESTA COMPRENDER LA CRISIS DE LA ECONOMÍA, LA CRISIS DEL ESTADO Y LA CRISIS DE LA CULTURA, QUE FORMAN PARTE DE UNA CRISIS DE CIVILIZACIÓN?

Los economistas clásicos, neoclásicos y keynesianos asocian la idea de ‘crisis’ económica a la de recesión, que implica una disminución de la producción, del empleo, del consumo y de la inversión. Los economistas marxistas asocian la idea de crisis a la baja tendencial de la tasa de ganancia del capital. Pero el hecho es que, más allá de ciclos previsibles y de fenómenos circunstanciales, la producción, el empleo, el consumo, la inversión y la tasa de ganancia del capital, vienen creciendo desde hace décadas y siglos, y todo indica que continuarán creciendo en los próximos años.

Algo parecido ocurre respecto a la crisis del Estado, que podría suponerse que ocurriría si el Estado estuviera disminuyendo sus funciones, su poder, la fuerza de sus instituciones, su tamaño en proporción a la sociedad, mientras que en realidad lo que sucede es que, desde hace décadas y aún actualmente, el Estado ha venido creciendo, incrementando sus funciones, su tamaño, su capacidad de cobrar impuestos y su poder de imponerse a los ciudadanos.

Y en cuanto a la cultura, ¿cómo asumir que está en crisis, cuando aumenta la escolaridad en todos los niveles, incluso universitario y de posgrados; cuando cada vez hay más información disponible para todos; cuando se multiplican los libros, los espectáculos y las actividades culturales y recreativas y sus correspondientes públicos?

La dificultad deriva de aquél concepto que asocia lo positivo al crecimiento, sin atender a lo principal, que es el cumplimiento de los fines y la funcionalidad de los sistemas. La verdad es que hay crecimientos negativos, crecimientos perniciosos, crecimientos que matan. Para entenderlo basta recordar que en el cuerpo humano, muchísimas enfermedades son el resultado del crecimiento de órganos, de células, de niveles de diversos parámetros vitales, que dificultan o impiden el buen funcionamiento del organismo. Eso es lo que ocurre con la economía, el Estado y la cultura. Veámoslo, comenzando por el Estado.

El crecimiento constante del Estado, a partir de cierto punto, no hace más que obstaculizar los fines y las funciones principales que debe cumplir, que son: garantizar el orden social, dar a la sociedad una orientación coherente en función del bien común, realizar los cambios progresivos que la sociedad necesita. Ocurre, sin embargo, que un Estado cada vez más grande, con más funcionarios civiles y policiales, con mayor burocracia, con más controles y regulaciones, con un presupuesto que crece cada año, con leyes que constantemente le van expandiendo sus funciones y atribuciones, no hacen que nuestras sociedades sean más ordenadas y seguras, que disminuya la delincuencia, que las actividades individuales y grupales se orienten al bien común, que los cambios sean más fáciles de realizar. La verdad es que un Estado abocado a crecer, dificulta el adecuado cumplimiento de cada cada uno de esos fines y funciones.

En la cultura sucede algo similar. El crecimiento de la escolaridad y de los estudios profesionales; la multiplicación de los conocimientos, de las informaciones y de las comunicaciones que se difunden y que reciben las personas; la creciente cantidad de espectáculos, de publicaciones, de videos y mensajes a que se puede acceder, no están logrando que se cumplan bien los fines principales que tiene la cultura, que son: dar sentido a la vida, orientarnos en la complejidad de los procesos, tomar buenas decisiones, acercarnos a la verdad, a la belleza y al bien. En efecto, la cultura contemporánea no nos ayuda a encontrar el sentido de la vida y de las cosas, nos genera desorientación y confusión, nos hace inseguros en las deciskiones que tomamos, y nos lleva incluso a dudar de la existencia de la verdad, del bien y de la belleza.

Y finalmente en la economía: más automóviles que congestionan las calles no favorecen el desplazamiento en las ciudades, donde cada vez más edificios, viviendas e infraestructuras no resuelven las dificultades del vivir urbano. Más consumo no nos hace más satisfechos. Más industrias y producción de bienes y de servicios no nos están llevando hacia un mayor bienestar social. Más alarmas y sistemas de seguridad no disminuyen los robos. Contar con más dinero no nos torna más ahorrativos y previsores. En síntesis, se está dando un tipo de crecimiento de la economía que no está generando más fácil satisfacción de las necesidades, mejor realización de nuestras aspiraciones, y vivir más felices.

La conclusión es que, el crecimiento de la economía, del Estado y de la cultura, que durante varios siglos sirvió al desarrollo humano y social, está dejando de hacerlo. La gran civilización moderna, que llevó a la humanidad hasta los actuales niveles de vida, ya no da para más, y está en crisis. Su crecimiento, el tipo de crecimiento de la economía, del Estado y de la cultura que postula y realiza, están llegando a su término, generando una crisis orgánica – crisis de la vida – en que se manifiesta la progresiva desorganización y pérdida de funcionalidad de la economía, la política y la cultura.

En síntesis, la crisis de nuestra civilización moderna significa que continuar haciendo más de lo mismo que estamos haciendo (en la economía, en la política y en la cultura), en vez de servirnos para vivir mejor y ampliar nuestras posibilidades de desarrollo humano, nos lo obstaculiza y vuelve cada vez más difícil.

Luis Razeto

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